09 de julio de 2011
Estamos presente distintas comunidades cristianas, unidos por la fe y el único bautismo. Reunidos en la unidad convocada por el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo, nos reconocemos injertados en la Iglesia de Jesús, única y universal. La fe en el Resucitado nos hermana y nos santifica. Esa misma fe nos impulsa también a vivir con coherencia las exigencias de su Evangelio.
Por esa razón, queremos también hoy dejarnos interpelar por la Palabra de Dios, para caminar bajo su luz, como augura el profeta Isaías: “Ven, casa de Jacob, y caminemos a la luz de Señor” (Is 2,5).
Este mismo profeta, en la primera lectura que hemos escuchado, nos invita a la esperanza y a la alegría: “¡Levántate (…) porque llega tu luz y la gloria del Señor brilla sobre ti! (…) Sobre ti brillará el Señor y su gloria aparecerá sobre ti” (Is 60,1-3). Porque el Señor se hace presente “ Ya no se oirá hablar de violencia, ni de expoliación, ni desastre. A tus murallas las llamarás «Salvación» y a tus puertas, «Alabanza»”. El sol ya no será tu luz durante el día (…): el Señor será para ti una luz eterna y tu Dios será tu esplendor” (cf. Is 60,18-19).
Este anuncio es para la ciudad de Jerusalén. Pero hoy, leído para nosotros, es también un mensaje para nuestra ciudad, para Reconquista, y su gente. Cuando la Biblia presenta la convivencia reconciliada bajo la luz del Señor, tanto en el Antiguo Testamento, como en el nuevo, por ejemplo en el libro del Apocalipsis (cf. Apc 21), lo hace bajo la figura de una ciudad. Dios quiere habitar en la ciudad de los hombres; quiere hacerse él también ciudadano y constructor de la misma.
Podemos entonces alegrarnos que Dios habita en nuestra ciudad. Su luz emerge siempre. Más allá de las sombras y tinieblas que ensombrecen el paisaje, su presencia se irradia por la fe de tantos, por los testimonios de solidaridad entre sus habitantes, por la búsqueda del bien, de la justicia para todos, de la dignidad…
La Jerusalén de los profetas nos ilumina, y a la vez nos revela el designio de Dios también para nuestra ciudad, y para nuestro tiempo.
2. En el evangelio de Mateo, el anuncio de la resurrección de Jesús, es una buena noticia que emerge luego de un terremoto; el texto refiere que era un “gran temblor” (Mt 28,2). Los guardias del sepulcro también son sacudidos por ese terremoto y quedan como muertos (cf. v.4). Las mujeres testigos del evento reciben el anuncio con un imperativo: “No teman”.
Es el mensaje de Jesús cuando se encuentra luego con ellas: “No teman” (vv.5.10).
El terremoto es un símbolo que solo el evangelista Mateo presenta.
Sucede por primera vez como efecto de la muerte de Jesús en la cruz: las rocas se parten, las tumbas se abren, muchos cuerpos resucitan, y entran en la ciudad santa de Jerusalén (cf. Mt 27,51-53).
El terremoto aparece así como el signo del fin de un mundo. La muerte del Hijo de Dios es el terremoto inimaginable. Pero otro terremoto, el de la resurrección, es el anuncio del inicio del mundo nuevo, de la vida rescatada y de la renovación de toda la creación.
La cita de Jesús de ir a Galilea, para contemplarlo cara a cara, es la invitación caminar hacia el mundo y hacia el futuro, a no encerrarnos en nuestra experiencia privada de fe y comunicar la posibilidad de una transformación y de un cambio de las cosas. Con Jesús y desde Él, este cambio y transformación del mundo incluye el testimonio y la acción de los creyentes.
El mismo evangelista Mateo, cuando narra la tempestad calmada por Jesús, describe a la barca con los apóstoles amenazada por un gran sismo (cf. Mt 8,23-27). Luego que Jesús calma el mar, el evangelio anota que “los hombres” (es decir los que observan desde afuera) se admiraban diciendo quién es ese, que calma el mar y que sostiene esa barca, vapuleada por los temores internos y los peligros que la acosan desde el exterior.
Esa barca donde Jesús está presente representa a nuestra sociedad y a nuestras Iglesias sacudidas por muchos “terremotos”; sos esas desigualdades que parecen insuperables, crisis cultural, desencuentros entre grupos y generaciones, incapacidad de comunicar nuestra fe, lenguajes distintos, etc.
Sin embargo, con esa presencia misteriosa y a la luz de la Palabra de Dios emerge la esperanza y la energía de una renovación profunda.
3. Para la Iglesia católica, sobre todo después del último sínodo universal sobre la Palabra de Dios, cuyo documento salió a fines del año pasado, ese deseo de renovación se ha hecho más vivo y urgente.
En esa experiencia eclesial se evidenciaron prioridades a tener en cuenta:
a) En primer lugar los jóvenes. En ellos se renueva el deseo sincero y de algún modo incontenible de preguntarse por el sentido de la propia vida y la propia existencia, sobre el futuro. Pero sobre todo ellos necesitan de testigos y maestros que caminen a su lado y los ayude a ser protagonistas. La Palabra de Dios no les puede quitar nada, que haga de su vida más libre, más bella y más grande. Nuestro testimonio los puede sacar de la inercia y del conformismo que los sume la sociedad de consumo, y de la falsa convicción que todo se conquista rápido y sin esfuerzo.
b) Una segunda prioridad es atender al mundo en movimiento que son los migrantes que buscan refugio, mejores condiciones de vida, de salud, de trabajo, de vivienda. Esta situación que sucede a escala mundial pero también regional, nos interpela a vivir un espíritu de solidaridad, de acogida, y de fraternidad. Seguramente junto con nuestra disponibilidad generosa, se necesitan compromisos ciudadanos y políticos que favorezcan la cultura del trabajo, la posibilidad de acceso a la salud, a la educación y a la vivienda digna.
e) Por último, un imperativo que se impone desde la Palabra de Dios, es la defensa y la salvaguardia de la creación. Nuestro mundo, y en concreto nuestro ambiente aparece campo donde se expresan manipulaciones y explotaciones sin escrúpulos. Estamos dilapidando el don del Creador que pertenece a todos, y a las generaciones que vendrán. El afán del lucro y del dominio lleva a explotar y deteriorar la naturaleza sin reconocer en ella, un bien colectivo y un reflejo vivo de la Palabra de bondad que Dios pronunció desde el principio. Se hace necesario, entonces, que también desde la fe nos eduquemos en el asombro y el reconocimiento de la belleza de la creación, que nos sensibilicemos a la responsabilidad de este inmenso don que nos contiene y que fue puesto en nuestras manos para cuidarlo y perfeccionarlo (cf. Gn 1-2).
4. Según el mandato del Resucitado es necesario “ir a Galilea” donde lo veremos. Galilea es símbolo del mundo abierto, de las naciones, del rostro multiétnido de la humanidad y de su historia. “Ir a Galilea” es construir la historia, desde el espíritu de nuestra fe, y junto con todos los que caminan a nuestro lado. El desafío es realizar un nuevo “éxodo”, que significa “dejar nuestros criterios y nuestra imaginación limitada para dejar espacio a nosotros a la presencia de Cristo” (Verbum Domini 116).
Quiera el Padre Dios que su presencia se irradie también en nuestra ciudad al conmemorar la independencia argentina. Para ser libres nos liberó Cristo, y esa libertad es la que nos hace dignos. Que esta construcción colectiva de ciudad y de patria nos haga esperar con el profeta (cf. Is 60,18): que ya “no se oiga más hablar de violencia en el país, ni de expoliación, ni de desastre en sus fronteras; que las murallas que nos resguardan no sean la desconfianza y temor sino las de la amistad y la concordia. Que las puertas de nuestra ciudad reflejen el nombre profético de “Salvación y Alabanza”, por ser un recinto que custodia la armonía entre sus habitantes.
Que así sea.
Textos bíblicos
Isaías 60,1-3.18-22:
1 ¡Levántate, resplandece, porque llega tu luz y la gloria del Señor brilla sobre ti!
2 Porque las tinieblas cubren la tierra y una densa oscuridad, a las naciones, pero sobre ti brillará el Señor y su gloria aparecerá sobre ti.
3 Las naciones caminarán a tu luz y los reyes, al esplendor de tu aurora.
18 Ya no se oirá hablar de violencia en tu país ni de expoliación y desastre en tus fronteras; a tus murallas las llamarás «Salvación» y a tus puertas, «Alabanza».
19 El sol ya no será tu luz durante el día, ni la claridad de la luna te alumbrará de noche: el Señor será para ti una luz eterna y tu Dios será tu esplendor.
20 Tu sol no se pondrá nunca más y tu luna no desaparecerá, porque el Señor será para ti una luz eterna y se habrán cumplido los días de tu duelo.
21 En tu pueblo, todos serán justos y poseerán la tierra para siempre: serán un retoño de mis plantaciones, obra de mis manos, para manifestar mi gloria.
22 El más pequeño se convertirá en un millar, el menor, en una nación poderosa. Yo, el Señor, lo haré rápidamente, a su tiempo.
Mateo 28,1-10:
1 Pasado el sábado, al amanecer del primer día de la semana, María Magdalena y la otra María fueron a visitar el sepulcro.
2 De pronto, se produjo un gran temblor de tierra: el Angel del Señor bajó del cielo, hizo rodar la piedra del sepulcro y se sentó sobre ella.
3 Su aspecto era como el de un relámpago y sus vestiduras eran blancas como la nieve.
4 Al verlo, los guardias temblaron de espanto y quedaron como muertos.
5 El Angel dijo a las mujeres: «No teman, yo sé que ustedes buscan a Jesús, el Crucificado.
6 No está aquí, porque ha resucitado como lo había dicho. Vengan a ver el lugar donde estaba,
7 y vayan en seguida a decir a sus discípulos: «Ha resucitado de entre los muertos, e irá antes que ustedes a Galilea: allí lo verán». Esto es lo que tenía que decirles».
8 Las mujeres, atemorizadas pero llenas de alegría, se alejaron rápidamente del sepulcro y fueron a dar la noticia a los discípulos.
9 De pronto, Jesús salió a su encuentro y las saludó, diciendo: «Alégrense». Ellas se acercaron y, abrazándole los pies, se postraron delante de él.
10 Y Jesús les dijo: «No teman; avisen a mis hermanos que vayan a Galilea, y allí me verán».