
vida cristiana está el llamado de Jesús, quien nos convoca para estar con Él y para enviarnos a evangelizar. El Papa Francisco, recientemente nos recordaba, citando palabras de su predecesor Benedicto XVI: “No se comienza a ser cristiano por una decisión ética o una gran idea, sino por el encuentro con un acontecimiento, con una Persona, que da un horizonte nuevo a la vida y, con ello, una orientación decisiva” (EG 7).
espojarse, es una palabra fuerte. Se utiliza en nuestra zona para hablar de la cosecha de mandarinas y naranjas. Su sentido es duro porque indica que la acción de despojar es quitarle a la planta el fruto que ofrece. El despojo implica dolor, sacrificio, renuncia.Si ahondamos en esta idea del despojo, conviene detenernos un momento a contemplar a Jesús. Nos dice la Carta a los Filipenses, citando un antiguo himno referido a la persona de Jesús: “se despojó de su condición divina, pasando por uno de tantos” (Flp 2,7). Es decir, se despojo de su gloria, se despojó de todo. Entonces, Jesús aparece como el primer misionero, quien renunciando a su gloria, se dedica a recorrer los caminos y los pueblos, para anunciar la buena noticia del Reino.
Creo que el lenguaje del despojo puede iluminar mucho el concepto de “conversión pastoral”, sobre la cual comenzamos a pensar y a trabajar en estos últimos años. La conversión pastoral es el cambio que tenemos que llevar adelante en nuestra acción evangelizadora, para optimizar el anuncio del evangelio, para no perder energías en cosas que ya no funcionan, para no “gastar pólvora en chimangos”. Pero se trata de un despojo con sentido. No se trata de andar livianos de bienes, con lo mínimo indispensable, solamente para mostrar a los demás nuestra capacidad de sacrificio, nuestra heroicidad o nuestro gusto por la novedad. El despojo tiene un sentido muy concreto: la misión, el anuncio de la buena noticia del Reino.
Para orar y compartir: la Palabra de Dios, con su fuerza, nos interpela y nos cuestiona: ¿Qué cosas sobran en “mi mochila”? ¿Qué cosas me impiden personalmente seguir a Jesús y salir a anunciar que el Reino de Dios está cerca? ¿Qué cosas impiden en nuestras capillas, en nuestras parroquias, en nuestros grupos y movimientos, caminar libres hacia quienes nos esperan y nos necesitan? ¿No será que estamos demasiado quedados y dando demasiadas vueltas para salir a misionar?
3. Enviados a anunciar la buena noticia
Si volvemos al texto evangélico propuesto al inicio, vemos que allí se habla con toda claridad del mandato de envío por parte de Jesús. Es Él quien llama y quien envía. Es Jesús quien designa a los setenta y dos y los manda a los lugares donde El debía ir. Es decir, los misioneros de Jesús anticipan su llegada.
No van por cuenta propia. Son testigos. Pero testigos con autoridad.
Este envío se realiza de dos en dos. No se trata de una misión individualista, de quien se corta solo y piensa que tiene todo claro. Se trata de una misión que es pensada por Jesús como una misión de la Iglesia, en Iglesia, en vistas a crear y hacer crecer la comunión entre las personas.
Los medios para el anuncio son precarios, sobrios, porque en este envío, la prioridad la tiene el contacto personal, el llegar a la casa de las familias, de la gente. Podemos ser bien recibidos o podemos ser atendidos con indiferencia o hasta rechazados. Pero el camino elegido por Jesús es así: el evangelio se ofrece libremente, y puede ser aceptado o rechazado.
El anuncio del evangelio tiene también un carácter social. Tiene que tocar nuestros vínculos, las estructuras que nos organizan como sociedad. El evangelio que llevamos es anuncio de paz y bendición. Es también denuncia profética de todo aquello que atenta contra la dignidad de las personas. Y especialmente es buena nueva de liberación para los alejados y marginados. No podemos olvidar que, el mismo Jesús, cuando comenzó a hablar de su misión dijo: “El Espíritu del Señor está sobre mí, porque me ha consagrado con la unción. Él me envió a llevar la buena noticia a los pobres” (Lc 4,18).
No caben dudas que la misión es un tema que nos viene acompañando desde los comienzos mismos de nuestra vida diocesana. De diferentes formas hemos intentado ser fieles a este mandato de Jesús. Pero hoy vivimos una hora especial y diferente. Tenemos que volver a salir, tenemos que ponernos nuevamente en camino para anunciar aquello que hemos visto y oído (cf. 1 Jn 1,3).
Para orar y compartir: ¿Cuáles son los nuevos lugares para la misión en nuestra diócesis, en nuestras zonas, en nuestras parroquias? ¿Qué ambientes necesitan más de nuestra presencia, del anuncio de la Palabra y de nuestro testimonio? ¿Cuáles son las “periferias existenciales” de nuestra diócesis? ¿Cuáles son las prioridades que tenemos que atender?
4. La alegría de evangelizar
El final del texto que nos guía en nuestra reflexión señala claramente cuál es la verdadera recompensa de la misión: “alégrense más bien de que sus nombres estén escritos en el cielo” (Lc 10,20).
¿Dónde radica la felicidad y el gozo del discípulo misionero? En pertenecer a Jesús, en formar parte de su reino. En vivir la amistad y la comunión con su persona. El estar con Él. El caminar con Él, cargando nuestra cruz de cada día, para participar de la vida del Resucitado. La alegría del cristiano es, fundamentalmente, un alegría que brota del misterio de la Pascua, renovada en cada Eucaristía.
Para orar y compartir: también aquí tenemos que preguntarnos: ¿Qué nos mueve en nuestro compromiso pastoral? ¿En qué cosas encontramos alegría y gozo? ¿En los frutos que cosechamos? ¿En el prestigio de conservar por años un puesto o un lugar de privilegio, en el aplauso pasajero de algunos, en el “curriculum pastoral”…o en estar con Jesús y ser parte de su familia?.
Estamos comenzando una nueva etapa. Una etapa que nos entusiasma, con la figura del Papa Francisco que nos invita a salir de nosotros mismos, de nuestros miedos, de nuestras comodidades y a encontrarnos con aquellos que esperan la alegría de la buena noticia del Reino, y también con aquellos que han perdido la fe o les resulta totalmente indiferente. No perdamos esta oportunidad. Todos podemos ser misioneros. Los niños con pequeños gestos y acciones. Los ancianos y enfermos desde su lugar de reposo y, muchas veces, de sufrimiento. Los adultos desde su experiencia y su fe madura y comprometida. Los jóvenes, sobre todo los jóvenes, con su fuerza y su energía. ¡No dejemos de gustar la dulce y confortable alegría de evangelizar! ¡No perdamos esta oportunidad única e irrepetible que el Señor nos ofrece!.
Obispo de Reconquista