Carta Pastoral para el Año de la Fe

Año de la Fe: “Para descubrir y testimoniar la alegría de creer”

          1. “¡Feliz de ti por haber creído…!” (Lc 1,44), es la alabanza de Isabel que María recibe porque acogió la Palabra y creyó en el anuncio de ser la Madre de Dios. La visita de María a su prima anciana y embarazada es la ocasión para compartir la experiencia de Dios, que hace estallar de alegría porque el Señor actúa en la vida concreta de cada una.

          “¡Feliz de ti, Simón,… porque eso te lo ha revelado… mi Padre que está en el cielo” (Mt 16,17), exclama Jesús a Pedro por haberlo confesado Mesías e Hijo de Dios, el primero entre sus compañeros (cf. Mt 16,16). En ese acto de fe, compartida entre todos, Jesús funda su Iglesia para estar presente en la historia, el “Dios con nosotros”. 

          «¡Felices los que creen si haber visto!” (Jn 20,29) proclama el Señor Resucitado en medio de su comunidad reunida, frente al apóstol que necesitaba ver para creer. Nuestra fe se basa en el anuncio de los testigos del Resucitado. Sólo en Cristo, que es Camino, Verdad y Vida encontramos el sentido para vivir y la razón para amar.

El año de la fe es un tiempo para descubrir y testimoniar la alegría de creer.

          2. En el evangelio, la fe comienza con un encuentro con la Palabra viva y personal, que es el Hijo de Dios. Creer es y será siempre un acto libre de la persona, porque aún sin tener todas las evidencias, la fe provoca una entrega confiada en el Dios fiel, que no engaña, ni quiere engañarnos. Según el evangelio, hay dos actitudes que nos preparan este encuentro: son el “escuchar” y el “ver”.
      “Escuchar” significa pasar del “oír” puramente físico a una disponibilidad de mente, y apertura de corazón para que lo “escuchado” penetre y resuene en nuestro interior. Así se percibe que cada uno es conducido a una corriente de vida que finaliza en el corazón del Padre; lo afirma Jesús: “quien escucha mi palabra y cree en aquél que me ha enviado, tiene ya la vida eterna” (5,4). Creyendo se experimenta que: “El Espíritu es el que vivifica” y que las palabras de Jesús “son espíritu y vida” (6,63), y que participamos de un circuito de gracia y de verdad tiene su fuente en el amor del Padre: “Nadie puede venir a mí si el Padre que me envió, no lo atrae”; y “todo el que oyó al Padre y recibe su enseñanza viene a mí” (6,44-45). El Padre toma la iniciativa para llevarnos a su intimidad y esta obra suya se perfecciona cuando suscita nuestra libre decisión de entrar por la puerta de la fe: “La obra de Dios es que ustedes crean en aquel que Él ha enviado” (Jn 6,29). En el fondo creer es dar la posibilidad que el Padre Dios nos ame, como ama a su Hijo Jesús.
         Pero, quizás más importante que el “escuchar”, sea el “ver”, que incluye “mirar con los ojos del cuerpo y del corazón”. Aquí también se da un pequeño itinerario: primero hay que “mirar atentamente”, “observar”, para luego “contemplar”. Así lo distingue Jesús cuando dice: “el que me ve, Felipe, ha visto al Padre” (14,9). Se pasa entonces un ver exterior, porque se tiene la certeza de la realidad del hombre Jesús, (se pasa) a un ver espiritual – el de la fe -, que capta en ese hombre al Hijo de Dios, que expresa y revela al Padre: “se ve al Padre”. La humanidad de Jesús es camino, es puerta, es mediación para hacernos partícipes de la comunión de amor que es Dios.
          Se podría pensar que “escuchar” y “contemplar” fue posible solo para aquellos que conocieron a Jesús durante su vida terrena, y que ya no vale para nosotros. Pero es un error. La Palabra de Dios, viva y eficaz resuena en la comunidad de Jesús, en su Iglesia, fundada sobre la roca de Pedro. A través de las Sagradas Escrituras, a través del Evangelio, como a los primeros cristianos que no vieron físicamente a Jesús, el apóstol Juan nos exhorta hoy: “Permanezcan fieles a lo que oyeron desde el principio, de esa manera permanecerán también en el Hijo y en el Padre” (1Jn 2,24). Continuar en la “escucha” de la Palabra, y en la “contemplación” del evangelio, hace siempre posible el encuentro con Cristo, con su verdad y su misterio.
 
El año de la fe es un tiempo para escuchar y contemplar a Jesús en su Palabra.

          3. La experiencia de la fe, no es un mirar desde afuera a Dios, ni contemplarlo separado de nosotros. El beato Juan Pablo II, definía el cristianismo así: “Nuestra religión es la del permanecer – o la del habitar – en la intimidad de Dios, del participar de su misma vida” (J.P. II, TMA 8, 1994). Creer entonces es habitar en la intimidad de Dios. En esa intimidad no nos encontramos solos, sino con los hermanos, porque Dios, que es amor, alarga su comunión hacia todos. Desde esa misma intimidad contemplamos el mundo y la humanidad con su vocación a la fraternidad universal y a la unidad. Nuestra experiencia de la fe no se puede agotar en lo individual o en el círculo de una comunidad que custodia su propia identidad. La fe en un Dios que se hizo hombre nos lleva a hacia la gente, hacia el mundo, y nos hace contemplar que nadie está fuera del abrazo amoroso del Padre.
          La fe nos hace ver que hay un misterio de amor que mueve y sostiene el universo, y a cada una de las personas. Pero esta certeza no es para todos una verdad que ilumina y libera sus vidas. Por esto, el anuncio de la fe en Dios, de ese Dios vivo y verdadero que la Biblia ha definido como: “Aquél que es” (Ex 3,14), y que Él “es Amor” (1Jn 4,8), necesita de un testimonio visible y significativo. Más aún, se necesita que los cristianos vivan y testimonien una dinámica de encarnación como la de Jesús.
Así lo advertía Pablo VI, el papa del Concilio Vaticano II: “Desde fuera no se salva el mundo. Como el Verbo de Dios que se ha hecho hombre,
          Hace falta hasta cierto punto hacerse una misma cosa con las formas de vida de aquellos, a quieres se quiere llevar el mensaje de Cristo.
       Hace falta compartir, las costumbres comunes, humanas y honestas, sobre todo las de los más pequeños, sin que medie una distancia de privilegios o un lenguaje incomprensible, para que podamos ser escuchados y comprendidos.

         Hace falta, antes de hablar, escuchar la voz, más aún, el corazón del hombre, comprenderlo, respetarlo en la medida de lo posible y donde lo merezca, respaldarlo, colaborar, asistirlo.
          Hace falta hacerse hermanos de los hombres, por el mismo hecho que el queremos ser a veces sus maestros, padres y pastores” (de la Enc. Ecclesiam Suam, Pablo VI, 1964).

          Para vivir esto hay que tomar la iniciativa de salir, de arriesgar un diálogo abierto y sincero, de crear un clima de amistad y de servicio recíproco en el lugar donde estamos.
          Es necesario que los otros, los que miran, los de afuera, los que no creen, puedan “escuchar” y “ver” que vivir de fe es una profunda experiencia de felicidad. Una felicidad que asoma cuando nuestra vida se desborda en gratitud de servicio (como María); cuando anunciamos con el testimonio personal y con la palabra a Jesús vivo presente en su Iglesia (como Pedro); cuando la fe nos lleva a un compromiso de encarnación junto a nuestros hermanos, que buscan, que esperan, que sufren, para gestar juntos un futuro más justo y más digno que quizás no lleguemos a ver.
 
El año de la fe es un tiempo para compartir con otros nuestra experiencia de Dios.   

      4. La alegría de creer que nos anuncia el Señor Resucitado no se programa; surge la comunión concreta, y si ésta comunión no existe, la construye. Qué alegría inmensa es saber que nuestra existencia fue pisada por Dios, y que en la vida, en esta vida nuestra, está Dios presente. Qué alegría saber que, incluso en algo donde nunca antes hubo un Dios, en el dolor, ahora está Cristo, y que nos recuerda que hasta en el dolor hay un sentido. Un testimonio auténtico de fe nunca es indiferente, porque hace “ver” que en el tiempo, que pasa, la Resurrección y la Vida han sembrado una esperanza llena de eternidad.

Mons. Ramón Alfredo DUS,
Obispo de Reconquista