Catequesis II: Vínculos Sanos (Documento Final del Sínodo)

EN LA BARCA, JUNTOS

Segundo Domingo de Cuaresma

El íncipit de este capítulo es el texto de la pesca en el lago: “Estaban juntos Simón Pedro, Tomás apodado el Mellizo; Natanael, el de Caná de Galilea; los Zebedeos y otros dos discípulos suyos. Simón Pedro les dice: «Me voy a pescar». Ellos contestan: «Vamos también nosotros contigo» (Jn 21,2-3). Las relaciones entre los discípulos animan las estructuras y, a su vez, las estructuras -la pastoral orgánica- le otorgan soporte y estructura a la vitalidad de grupos y personas.

  1. Relaciones humanas y pluralidad de contextos

El texto bíblico nos remite a la cuestión sensible de las relaciones. Podemos detenernos en un primer nivel: las relaciones humanas. Somos distintos, comenzando por nuestra identidad sexual, y siguiendo por nuestros sentimientos, modo de vivir los afectos, pensamientos, intereses. La sinodalidad, una nueva etapa en la Iglesia, requiere del reconocimiento y la aceptación de lo que somos, para desde allí vincularnos con los otros. Difícilmente se puede desarrollar la sinodalidad SI no purificamos nuestra comprensión y nuestro modo de vivir los vínculos en la familia, en las instituciones, en la sociedad. Se necesitan nuevos vínculos para una iglesia renovada y misionera.

Otro aspecto que influye en el camino sinodal es la pluralidad de contextos. Esto es elemental. Hay contextos pacíficos, otros conflictivos. También ámbitos de violencia, que condicionan el ejercicio del encuentro y del diálogo. Es preciso tener en cuenta la situación y los condicionamientos externos para desarrollar la sinodalidad.

  1. Carismas y ministerios

La pluralidad en la vida social y eclesial nos viene también de la diversidad de carismas y dones que recibimos, como dones especiales del Espíritu. Ellos se inscriben en nuestra condición humana, y cuando encuentran un corazón dócil, se transforman en un beneficio, en un aporte a la armonía de la comunidad.

Los carismas generan aptitudes, capacidades, iniciativas, que deben ser puestas al servicio de la edificación de la comunidad. Algunos de ellos son espontáneos. Otros tienen un reconocimiento de la comunidad y de la conducción apostólica de la Iglesia. Finalmente, están los ministerios ordenados del obispo, de los presbíteros y los diáconos.

La misión implica a todos los bautizados. Los miembros del Pueblo de Dios, juntos discernimos y trabajamos en la misión de transformar el mundo a la medida de Cristo. El lugar del laico en la Iglesia debe ser revalorizado y reconocido. No debe ser descuidado ni considerado una presencia secundaria. Es la hora de los laicos, de los niños, de los jóvenes, de los adultos de los ancianos. También es un momento histórico para la participación de la mujer en cuadros de decisión dentro de la Iglesia.

Para la comunión de la Iglesia se configura, en el ministerio de Jesús y la primera Iglesia, el ministerio ordenado, que está al servicio del Pueblo de Dios y del ejercicio de la sinodalidad. Ante todo, el obispo está vinculado de un modo muy estrecho a la Iglesia Particular que se le confía. En él confluyen los diferentes ministerios, para la construcción del Cuerpo de Cristo. También debe ejercer su ministerio sinodal de manera colegial jerárquica, en unión con Pedro.

Los presbíteros y los diáconos participan de diferentes formas del ministerio episcopal. “La experiencia del Sínodo puede ayudar a obispos, presbíteros y diáconos a redescubrir la corresponsabilidad en el ejercicio de su ministerio, que requiere también la colaboración con otros miembros del Pueblo de Dios” (DFS 74). Este dato resulta fundamental, para no dar lugar al clericalismo, tendencia que desfigura la vocación propia del ministro ordenado y lo orienta hacia sí mismo, en lugar de conducirlo a caminar junto con otros. De allí que “la misión” sea el remedio para la superación de los problemas que puedan surgir de la diversidad de dones. Todo se orienta y se pone al servicio de una Iglesia en salida.

  1. Para profundizar

¿Cómo son los vínculos con las personas que compartimos la vida? ¿Son pacíficos, sinceros, abiertos, solidarios? O, por el contrario, ¿son retorcidos, violentos, intolerantes?

¿Puedo reconocer cuáles son los dones y carismas que el Espíritu me ha donado para ponerlos al servicio de los demás? ¿Lo estoy haciendo?

¿Cómo es la relación entre ministros ordenados, consagradas y consagrados y laicos en nuestra diócesis?

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