LA FE, EL SIGNO Y EL SÍMBOLO
Después
de haberse proclamado el dogma de la Inmaculada Concepción de María (año 1850), una verdad trasmitida por la tradición de fe de la Iglesia, vino una confirmación del cielo con las apariciones de la Inmaculada Concepción en Lourdes (Francia). A santa Bernardita se le apareció la Virgen, varias veces solo en silencio, y mucho después le reveló su nombre: “Yo soy (era) la Inmaculada Concepción” (año 1858).
Este episodio hace presente la dinámica de la fe y de los signos: primero se cree, y luego se experimenta por gracia, la verdad de esa fe con signos. A los signos los descubre y los “comprende” sólo el que cree.
En la novedad maravillosa de este signo (las apariciones de Lourdes) aún hoy nos sorprende un hecho simbólico que le es propio. La Virgen quiso aparecerse en un lugar abierto, no sagrado; prácticamente la cueva de las apariciones eran un sitio usado como establo; un basural. También allí ese sitio santa Bernardita excavó buscando agua por sugerencia de la misma Virgen, y desde el barro poco a poco encontró un manantial de agua pura y purificadora, que aún hoy sana, muchas veces también físicamente.
¡Qué símbolo tan actual! Del lugar más inesperado puede surgir una fuente de agua pura. ¡Cuánta esperanza para todos, para la Iglesia, para el mundo!
Celebramos hoy a la Inmaculada Concepción; celebramos a María pura por “gracia de Dios”; a María fiel a ese don de la gracia, desde su concepción y “hasta el término de su vida terrenal” (en su Asunción).
Nosotros, seres humanos, no hemos nacido inmaculados. El libro del Génesis no habla de un pecado en los orígenes de la humanidad (Gn 3). La Biblia con un de sus salmos nos ayuda a reconocer: “yo tengo culpa desde que nací, pecador me concibió mi madre” (Salmo 50,7). ¿Qué entendemos cuando decimos esto? Esa reflexión nos recuerda el pecado de los orígenes y el pecado original que nos signa desde que venimos a este mundo. ¿Debemos entender entonces la vida como un castigo? No! La vida es un don, es el primero de los dones de Dios. Más aún, es siempre una buena noticia el vivir. Todos deseamos vivir, y queremos la vida para todos. La Sagrada Escritura también canta: “Dulce es la luz, y es bueno para los ojos ver la luz del sol” (Eclesiastés 11,7).
¿Qué entendemos entonces cuando hablamos de pecado original? Con este concepto hacemos referencia a esa inclinación al mal que está siempre presente en nosotros, y que normalmente nos lleva a hacer el mal. Una inclinación que nos marca desde pequeños. ¿Porqué más fácilmente estamos inclinados a hacer mal, y no el bien? San Pablo expresa muy bien esta condición en su “carta a los Romanos” (Rm 7,14-25), donde resume esta experiencia humana, que también es la propia: “… y así no hago el bien que quiero, sino el mal que no quiero” (Rm 7,19).
Todos cargamos esta misteriosa condición. ¿Quién no libra o nos puede librar de este estado de pecado? Es el mismo apóstol san Pablo que exulta diciendo: “Gracias sean dadas a Dios, por nuestro Señor Jesucristo” (v.24), porque él es el único que nos libra de esta situación de condena. Jesús al vivir como nosotros nos ha comunicado su capacidad de superar este dilema por la gracia del Espíritu y su amor obediente.
Además, y por esta razón, él concede la gracia, la fortaleza que hace que las contradicciones que vivimos (especialmente ésta de no poder hacer siempre el bien que se quiere…) sea una ocasión de realización, la base de humanidad que se asume para abrirse a un ideal de vida, para vivir como discípulos. Es la cruz de cada día que se hace camino de gracia, de redención.
Con él podemos redimirnos de nuestras faltas y pecados y sobre todo ser fuentes de vida y bondad. “Pecado original” significa entonces darnos cuenta que nacemos fuera de la gracia de Cristo, pero esta situación misma nos revela que en él y con él comienza una relación nueva con Dios y con los hermanos.
Nosotros por la fe y el Bautismo hemos entrado en el estado de gracia de Hijos de Dios, como Jesús. Por lo cual cuando nos recordemos que hemos nacido en “pecado”, como dice el salmo, esta verdad no nos debe remitir solo al pecado de Adán y Eva por lo cual experimentamos tal condición, sino debe remitirnos a la obra de Jesús, a su muerte y resurrección. No es Adán que explica el alcance del pecado sino Jesucristo.
En él es donde el mal se muestra en toda su fuerza (capaz de hacerle probar la muerte al Hijo de Dios). Pero el mal ha sido vencido por su resurrección. Vencido el mal, una corriente de vida y gracia pasa victoriosa desde entonces por los caminos de la historia y por el corazón de los hombres y las mujeres, por el corazón de nuestros niños y de nuestros jóvenes. Esta verdad deberíamos alegrarnos siempre pues nos trae a la memoria por quien fuimos salvados, y gracias al cual gozamos de la vida como un don. (Es como cuando uno mira la cicatriz de un accidente que sufrimos y pudo costarnos la vida: ahora uno se alegra porque ella nos recuerda la gracia de estar vivos).
Gracia significa la vida de Dios en nosotros: su Espíritu que nos hermana a él y entre nosotros; que nos hace hijos, y que nos da la fuerza de transformar el mundo, y nuestra realidad circundante. Todo se transfigura con la fidelidad al amor, como María, custodiando la vida, como Ella; no dejando que un espíritu de muerte venza en nosotros y en la sociedad.
Esa gracia que triunfó en María nos anima a vivir la salvación, a trabajar por el bien de los demás.
Esta gracia que triunfó en María nos anima a seguir trabajando por la dignidad de los más pobre, por la fortaleza de los humildes; a defender y luchar por el derecho a la vida de las madres embarazadas, junto con la de ese niño que llevan en su vientre. Este es el motivo especial de reflexión, oración y testimonio en ese Año de la vida que hemos iniciado con el Adviento.
Hoy quiero pedir para nuestra Iglesia toda, pero especialmente para sus ministros, obispo, sacerdotes y consagrados y consagradas la gracia del Señor, con la oración de María Inmaculada que se contienen en tres bienaventuranzas del evangelio:
a) Tener la felicidad de vivir la pobreza del corazón y la gracia de compartir la vida y los bienes: “Felices los que tienen alma de pobres” (Mt 5,3).
b) Tener la felicidad de amar de corazón sin ataduras, a nosotros mismos, a las personas, a las cosas, para que nuestra vida cristiana sea fecunda y alegre: “Felices los de corazón limpio, porque verán a Dios” (Mt 5,8).
c) Tener la felicidad de ser obedientes a la voluntad del Señor, y tener el corazón libre para vivir nuestra misión de servidores de nuestra gente: “Felices los que escuchan la palabra de Dios y la practican” (Lc 11,27).
Que María Inmaculada nos bendiga con su presencia y nos sostenga en nuestro caminar de Iglesia.