Mensaje Cuaresma 2012
En el signo del amor recíproco
El tiempo de Cuaresma comienza con el miércoles de Cenizas y es una oportunidad para caminar juntos como Iglesia hacia la Pascua. La oración, el ayuno y el compartir son prácticas que buscan hacernos centrar en el corazón de la vida cristiana, que es la caridad. Nos hacemos eco del mensaje de Benedicto XVI que reflexiona sobre una Palabra tomada de la carta a los Hebreos:
«Fijémonos los unos en los otros para estímulo de la caridad y las buenas obras» (Hb 10, 24).
Esta Palabra nos anima a vivir tres aspectos de la vida cristiana: la atención al otro, la reciprocidad y el caminar juntos en la santidad.
1. “Fijémonos”: la responsabilidad para con el hermano.
Jesús usa este verbo cuando enseña sobre la Providencia del Padre, y da el ejemplo de “fijarse” en las aves del cielo para aprender a confiar como hijos en Dios (cf. Lc 12,24); también cuando habla de la corrección fraterna dice: “Fíjate primero en la viga que hay en tu ojo, y luego podrás mirar la paja en el ojo de tu hermano” (cf. Lc 6,41). La misma carta a los Hebreos reclama que hay que “fijarse” en Jesús, Apóstol y Sumo Sacerdote de nuestra fe (cf. Hb 3,1). “Fijarse” significa así observar bien, estar atentos, mirar conscientemente, darse cuenta de una realidad que tiene relación con Jesús y con el Padre y con los hermanos para que entablemos relaciones caracterizadas por el cuidado reciproco, por la atención al bien del otro y a todo su bien.
El mandamiento del amor al prójimo exige y urge a tomar conciencia de que tenemos una responsabilidad respecto a quien, como yo, es también criatura e hijo de Dios. El hecho de ser hermanos en humanidad y, en muchos casos, también en la fe, debe llevarnos a ver en el otro a un verdadero alter ego, un otro yo, a quien el Señor ama infinitamente. Si cultivamos esta mirada de fraternidad, tanto la solidaridad y la justicia, como la misericordia y la compasión, brotarán naturalmente de nuestro corazón. Experimentaremos con fuerza que el bien existe y que vence, porque Dios es “bueno y hace el bien” (Sal 119,68). El bien, el amor, es lo que suscita, protege y promueve la vida, la fraternidad y el espíritu del compartir.
La responsabilidad para con el prójimo significa, por tanto, querer y hacer el bien del otro, deseando que también él se abra a la lógica del bien; a interesarse por el hermano para vivir entre todos el mandamiento de Jesús.
2. “Los unos en los otros”: el don de la reciprocidad.
¿Qué es lo que impide a veces esta mirada humana y amorosa hacia el hermano? Con frecuencia son la riqueza material y estar llenos de todo. También el anteponer los propios intereses y las propias preocupaciones a todo lo demás; así es la insensibilidad personal que describe la parábola de Jesús del rico epulón y el pobre Lázaro (Lc 16,19). Debemos ser capaces de “tener misericordia” para con quien sufre, como lo presenta la parábola de Buen Samaritano (Lc 10,30-32). En ambos casos hay que “fijarse”, detenerse, para lograr una mirada de amor y compasión.
Nuestras cosas y nuestros problemas absorben a veces nuestro corazón hasta el punto de hacernos sordos al grito del necesitado. En cambio, precisamente la humildad y la experiencia personal del sufrimiento son, en general, la fuente de un despertar interior a la compasión y a la empatía con quien está a nuestro lado.
Los discípulos del Señor, unidos a Cristo mediante la Eucaristía, viven ya una comunión que los vincula los unos a los otros como miembros de un solo cuerpo. Esto significa que el otro me pertenece, que su vida y su salvación tienen que ver con mi vida y con mi salvación. Y aquí se toca un elemento muy profundo de la comunión: nuestra existencia está relacionada con la de los demás, tanto en el bien como en el mal. Porque tanto el pecado como las obras de caridad tienen también una dimensión social.
En la Iglesia existe una reciprocidad espiritual que la crea Jesús entre nosotros, pero es también una exigencia para testimoniarla. “Que todos los miembros se preocupen los unos de los otros” (1 Co 12,25), afirma san Pablo, porque formamos un solo cuerpo.
3. “Para estímulo de la caridad y de las buenas obras”: caminar juntos en la santidad.
Esta palabra de la Carta a los Hebreos nos lleva a considerar en fin la llamada universal a la santidad como el camino constante en la vida espiritual. Es una llamada a aspirar a los carismas superiores y a una caridad cada vez más grande y más fecunda (cf. 1 Co 12,31-13,13). La atención recíproca de unos y de otros tiene como finalidad animarnos a un amor efectivo, concreto. El tiempo que se nos ha dado en nuestra vida es precioso para descubrir y realizar las buenas obras en el amor de Dios.
En esta perspectiva dinámica de crecimiento nos animamos recíprocamente para alcanzar la plenitud del amor. Siempre está presente la tentación de la tibieza, de sofocar el Espíritu, de negarse a “comerciar con los talentos” que se nos ha dado para nuestro bien y para el de los demás (cf. Mt 25,25ss). Todos hemos recibido riquezas espirituales o materiales útiles para el cumplimiento del plan de Dios, para el bien de la Iglesia, y para la salvación personal (cf. Lc 12,21b; 1 Tm 6,18).
Los maestros de espiritualidad recuerdan siempre que, en la vida de fe, quien no avanza, retrocede, y la cuaresma nos desafía a poner nuestra parte con generosidad. Ante un mundo que exige de los cristianos un testimonio coherencia y fidelidad al Señor, todos sentimos la urgencia de ponernos a competir en el servicio y las buenas obras (cf. Hb 6,10). Esta llamada es especialmente intensa en el tiempo santo de preparación a la Pascua.
María, nuestra madre, nos acompaña serena y firme en nuestro caminar de discípulos porque siempre tiene fija su mirada sobre cada uno de sus hijos.
Ramón Alfredo Dus
Obispo de Reconquista (Santa Fe)
Reconquista, 22 de febrero, miércoles de ceniza.