Para seguir meditando en Pascua

Oración de San Efrén, el Sirio
 
San Efrén, el Sirio, o de Siria, vivió entre los años 306 y 373 pues de Cristo. Fue un diácono y escritor, santo, Padre de la Iglesia y Doctor de la Iglesia, nacido en Nusaybin (Turquía) —entonces en la provincia romana de Mesopotamia— en 306 y muerto en Edesa en 373.
Ya en su tiempo fue conocido como «el místico», con el apelativo de «El arpa del Espíritu» o «la cítara del Espíritu Santo».
Él oraba pronunciando las siguientes palabras:
«Señor y soberano de mi vida, librarme del espíritu de ociosidad, desaliento, vanagloria y habladurías;
Y concederme a mí, tu siervo pecador, espíritu de castidad, humildad, paciencia y amor.
Sí, Rey mío y Dios mío, concédeme conocer mis faltas y no juzgar a mis Hermanos, porque eres Bendito, por los siglos de los siglos. Amén»
La misma enumera de un modo único todo los elementos positivos y negativos del arrepentimiento y constituye, por decirlo de algún modo, una lista de chequeo de nuestro esfuerzo individual.
Este esfuerzo apunta primero a nuestra liberación de algunas enfermedades espirituales fundamentales que dan forma a nuestra vida y que hacen virtualmente imposible que nosotros, incluso, queramos comenzar a volvernos hacia Dios.
La ociosidad, esa extraña pereza y pasividad de nuestro ser que nos empuja hacia abajo, que nos convence de que ningún cambio es posible y, por lo tanto, deseable.
El desaliento, resultado de la ociosidad, considerado por muchos Santos Padres como el mayor peligro para el alma. Es la imposibilidad de dar cualquier cosa buena o positiva, es la reducción de todo a un negativismo y pesimismo. Es un poder verdaderamente demoníaco en nosotros porque el diablo es fundamentalmente un mentiroso.
La ociosidad y el desaliento nos llevan a la vanagloria porque vician toda la actitud hacia la vida y la hacen sin sentido y vacía, forzándonos a buscar compensaciones en actitudes que no apuntan hacia Dios sino que se vuelven egoístas y egocéntrica y yo me convierto en el centro y medida de todas mis necesidades, mis ideas, mis deseos y mis juicios.
Finalmente la habladuría. Sólo el hombre ha sido optado con el Don de la palabra. La palabra salva y la palabra mata, la palabra es el medio de la verdad y es el medio de la mentira.

Y los elementos positivos comienzan con la castidad
, no reducida a sus connotaciones sexuales sino entendidas como la contracara positiva de la ociosidad. El hacer, en la debida medida, todas las cosas buenas en honor a Cristo. Cristo restauró la verdadera escala de valores en nuestro ser, el apego a estos valores implica un ejercicio de castidad y santidad.
 
Un primer fruto de la castidad es la humildad, que es capaz de verdad de ver y aceptar las cosas como son y,  por tanto de ver la majestad, bondad y amor de Dios.
 
La paciencia es una virtud divina. Dios es paciente porque Él ve la profundidad de todo lo que existe. Mientras más nos acercamos a Dios, más pacientes nos volvemos y reflejamos ese infinito respeto por todos los seres que es la cualidad propia de Dios.
 
Y el fruto de todas las virtudes, de todo el crecimiento y esfuerzo espiritual es el amor.
 
Finalmente, en la última petición «conocer mis faltas y no juzgar a mis Hermanos» suplicamos se nos aparte de un gran peligro: el orgullo, la fuente del mal.
 
Fuente: Extraído del «Boletín Dominical» del Arzobispado de Buenos Aires y de la Iglesia Católica Ortodoxa del Patriarcado de Antioquía. Y que fueran leídas en una reflexión radial, en Radio Amanecer, el pasado viernes 8 de abril por el Dr. Aldo H. Gerosa, Abogado, miembro de la Comisión Ecuménica de la Diòcesis de Reconquista.