El pasado sábado 17 de octubre de a partir de las 15.00, en las instalaciones del Club Atlético Delante de Reconquista, se llevo a cabo el II Encuentro Diocesano de Pastoral de este año. En un ambiente fraterno y festivo, Laicos, Religiosas, Seminaristas y Presbíteros trabajaron con notable entusiasmo en torno al objetivo: “Descubrir el SER misionero de la IGLESIA COMUNIÓN”.
El Obispo Diocesano, Mons. Ramón A. Dus, inicio el encuentro con una oración al Espíritu. Remarcó agradecido la presencia de todas las parroquias de la Diócesis allí presentes.
Siguiendo la consiga de la Asamblea anterior, (que cada comunidad parroquial simbolizara “lo que es” con un objeto “no religioso”) en esta oportunidad, cada parroquia compartió el mismo objeto pero habiéndolo completado, modificado o transformado para que el mismo signo renueve el estilo de misión en cada parroquia y así inspirarse en el llamado e invitación que nos hace la Iglesia a partir del acontecimiento de Aparecida, de renovar nuestro ardor apostólico y nuestro fervor, es decir la necesidad de renovar ( hacer nuevo) nuestro estilo evangelizador.
Luego, Mons. Andrés Stanovnik, Arzobispo de Corriente y Vicepresidente del CELAM, disertó sobre el tema: Cómo misiona una Iglesia Comunión.
En grupos de trabajo se reflexionó sobre los puntos más importantes y novedosos de la disertación de Mons. Andrés, tratando de perfilar los pasos concretos que cada parroquia puede dar.
En este marco, el Equipo Diocesano de Misiones y otros grupos pastorales presentaron y compartieron en distintos stands, el trabajo pastoral que vienen realizando.
La celebración de la Santa Misa fue presidida por Mons. Ramón A. Dus y todo el Clero Diocesano presente.
La Asamblea finalizó con un gran Fogón donde las parroquias compartieron números musicales, danza, canto, representaciones, etc.
El Obispo de Reconquista y el equipo organizador de este acontecimiento, agradecen sinceramente a todos por su disponibilidad y apertura durante el desarrollo de todo el encuentro. Verdaderamente todos han colaborado para que la jornada sea vivida en un marco de fraternidad y comunión.
Nuevo ardor misionero (espiritualidad)
– Con la fuerza del Espíritu Santo
– Apertura de corazón y de mente
– María discípula misionera
– Misión y conversión pastoral
– Hay de mí si no evangelizara
– Espiritualidad de la Iglesia comunión
– Crecer en la oración comunitaria
– La Eucaristía como fuente y culmen de toda la actividad misionera.
Nuevo estilo de relacionarse
– Con el estilo adecuado y con las actitudes del Maestro
– Relaciones personales – unidad
– Compartir fraterno – clima cordial y festivo
– Acompañarnos mutuamente con alegría, empeño, fortaleza
– Llegar a todos
Profundizar la formación
– Todos necesitamos ser evangelizados
– Formación bíblica para aprender a orar con la palabra
– Formación cristiana
– Tomar conciencia de que nuestro mensaje es de salvación
– Conocer los carismas
– Rol del laico
Renovar estructuras
– Fortalecer ministerios y equipos de servicios
– Renovar estructuras de evangelización
– Organización pastoral
– Planificación de la vida pastoral de la Parroquia
(Ver mas Fotos en Galería de Imagenes)
HOMILIA ASAMBLEA DIOCESANA DE PASTORAL – MONS. RAMÓN A. DUS
Queridos hermanos en primer lugar quisiera tener una intención de agradecimiento para todos los que estamos aquí presentes, las distintas comunidades de las parroquias, los Sacerdotes, los Diáconos y también a las Religiosas, que son otra realidad muy presentes en nuestra diócesis. Porque juntos así, hacemos realidad a nuestra diócesis, hacemos actual y viva la comunión de nuestra Diócesis. Es cierto que no tenemos que pensar como aquel episodio de Moisés cuando eligió setenta ancianos, vieron que dos se quedaron en la carpa, también los que quedaron en las carpas recibieron también el Espíritu, o sea que los que no pudieron venir hoy o los que están diseminados en nuestras comunidades también forman parte de esta comunión y la animan. Sin embargo estando juntos significamos mejor, nos ayuda a vivir como Iglesia y como Diócesis una verdad de vida que en otras oportunidades las expresamos no tan visiblemente. Un sentido de gratitud para los que han podido venir, por el esfuerzo que significa y también construirla juntos como lo hemos hecho esta tarde.
Realmente coronamos un camino para nuestra diócesis, para nosotros mismos. Este año, en el cual nos proponíamos, por una parte redescubrirnos como Iglesia Comunión y por otra parte también encontrar la clave, la decisión, la idea, el sentido para abrirnos y saber que nuestro destino justamente como discípulos de Jesús esta orientado a este mundo que nos rodea y que nos desafía. Este es el sentido de la misión.
En todo lo que hemos conversado esta tarde, repetimos muchas cosas, pero me gustaría señalar cuando Mons. Andrés hablaba de como poder ser una Iglesia Comunión, nos recordaba que es una verdad muy importante decirnos que no podemos ser una Iglesia Comunión sino es realmente impulsado por el Espíritu Santo que es protagonista en nuestra vidas, que nos conduce y lleva adelante el designio de Dios que estamos construyendo. Entonces el poder no esta en nosotros, sino realmente está en la Gracia de Dios; y nuestra parte es disponernos, dejarnos conducir, dejarnos guiar por este Espíritu. Sobre todo desapegarnos de nosotros mismos. En ese sentido, tenemos que hacer una dinámica de liberación. Liberarnos de nuestros planes, de nuestras preocupaciones, de nuestros proyectos, y saber que el primer puesto no lo tienen justamente nuestros cálculos, sino esta acción viva de Dios y de su Espíritu, que esta, que actúa, pero que es necesario que nos ayudemos juntos a manifestarlo.
Por otra parte, decíamos que el poder ser una Iglesia Comunión que misiona está en nuestra actitud de Fe. Es un desafío de Fe y eso es importante que lo tengamos en cuenta, porque debemos creer para hacer posibles cambios, debemos ayudarnos con esta fuerza del Espíritu a creer que Dios los hace posible. También adentro de nuestra Iglesia es necesario cambiar estructuras, y digo tímidamente porque es necesario discernir, que hay muchas estructuras en nuestra Iglesia que es posible cambiar, de deformarlas, de adaptarlas o dejarlas caer y de generar nuevas. Pero para eso se necesita la vida del Espíritu y la vida de comunión entre nosotros. Y sobre todo el compromiso, ese compromiso constante, que como decía Mons. Andrés, no somos una Iglesia que tiene la rueda pinchada, sino desinflada. O sea que realidad hay, pero que justamente esa realidad es necesario que de alguna manera dinamice mas lo que somos y lo que hacemos.
En este contexto, me parece tan hermosas las palabras que hemos recibido recién, tanto en la primera lectura como en el Evangelio, porque realmente el servicio que Jesús nos pide y por el cual El vino a este mundo es justamente dar su Vida, su Vida en rescate por todos, es decir hacerlos capaces de participar de esa comunión de Amor y de Vida que es Dios.
En una de las tantas entrevistas que me hicieron esta tarde, me preguntaban justamente sobre este tema, y entonces recordé esto: Dios realmente es comunión, pero para ser comunión con nosotros, con la humanidad envío a su Hijo, y como sabemos fue la primera misión. Entonces esa misión de Dios hacia nosotros con su Hijo Jesús no ha sido solo para compartir con nosotros lo bueno que tenemos, sino realmente el modo de encarnarse de Jesús y de compartir nuestras vidas lo ha hecho capaz de asumir también aquellas realidades oscuras, sufridas, nuestra misma muerte, nuestro mismo pecado. O sea que Dios al hacer una misión, al abrir su comunión ha querido justamente compartir con nosotros algo que El no tenía, y lo que Dios no tenía justamente es lo que hemos puesto nosotros, que en el fondo es nuestro pecado, la posibilidad de morir, de condenarnos. Estas realidades son las que Jesús ha tenido que confrontarse y asumirlas y porque las ha asumido, nosotros también podemos decir que toda nuestra realidad humana es posible rescatarla, es posible salvarla aún sintiéndonos en el limite del amor o justamente enraizados en el pecado o muchas veces incapaces de superarnos. Es Jesús que con su misión nos ha hecho capaces también a nosotros de vivir esa comunión con El, con su Padre, con el Hijo y con el Espíritu.
Para nosotros, como Iglesia, esta es la misma dinámica. La cultura moderna, contemporánea, la que compartimos todos de alguna manera, también nos desafía, y a veces eso nos retrae. Esta situación muchas veces nos acorrala, porque nos sentimos muchos mas seguros no atacando, o no dejándonos desafiar, sino conformándonos un poquito con lo que vivimos, con lo que hemos construidos, con lo que hemos planeado. Sin embargo el desafío esta ahí, como construir juntos y dar también una respuesta a este mundo, que como decíamos esta tarde, es nuestro interlocutor no nuestro enemigo. Esto quiere decir que es necesario escucharlo y descubrir la parte de verdades que asoman en las distintas situaciones. El deseo de autenticidad y de coherencia que muchas veces nos reclaman a nosotros, y nos ayuda. Entonces, siempre a estos desafíos, que no son parte de nosotros, sino que vienen de afuera, necesitan de alguna manera, ser abrazado con la Fe, con esa gracia del Espíritu para que nosotros también podamos transfórmalos.
Las lecturas de hoy, tienen ese sentido. La primera lectura que habla de este famoso personaje de Isaías, que salva a sus hermanos muriendo, a través del sufrimiento, fue su misión y ese ha sido su servicio. En el libro de Isaías quizás es mas claro que en el Evangelio de hoy, su toque de realidad, porque el personaje que habla el profeta dice que no fue conocido, su misión, su servicio fue hecho en silencio, nadie se dio cuenta. Pero después que murió, todos reconocieron que Dios lo había probado a El por salvar a su pueblo, por salvar a otros.
Tantas veces nosotros también podríamos figurarnos así, que muchas veces vivimos una situación de no reconocimiento, sin embargo Dios esta haciendo su obra en nosotros, secreta, pero verdadera. Y ese mismo Siervo de Dios, Siervo del Señor del que habla Isaías lo ha querido encarnar Jesús, en el Evangelio. El nos abre la conciencia, cómo adentro de la Iglesia, adentro de la pequeña comunidad de sus apóstoles, se cuela también las grandes ambiciones y puedan vivirse también los grandes fracasos. Porque en toda la cuestión de sentarse a la derecha o la izquierda es una cuestión de poder, o sea quien esta más cerca de Jesús puede tener mas poder, esa era la mentalidad de los apóstoles. Y nosotros muchas veces también, por ahí conciente o inconcientemente vivimos en nuestra comunidad eclesial en este sentido. Quien esta mas cerca de algo, quien dirige algo, quien esta encargado de algo, quien esta mas cerca del Sacerdote o del Obispo, a veces se cuela ese deseo de poder. O también para mí, al estar mas cerca del Cardenal o del Papa puede, justificarme hacer determinadas cosas o mejor entrar en alguna lógica que no es del Evangelio.
La lógica de poder para Jesús fue siempre una tentación, lo tenemos al principio de los Evangelios pero también cuando multiplico los panes, la gente quiso hacerlo rey y rechazó serlo. Para Jesús el poder y el servicio están bien distinguidos y solo nos salvamos, salvamos nuestra persona, salvamos nuestras instituciones, refundamos nuestra Iglesia si nosotros la asumimos con este sentido, como un servicio de entrega. Reconocido o no reconocido, pero siempre fecundo.
De lo contrario, Jesús tendrá siempre que reprocharnos, como lo hizo con los apóstoles. Si los diez apóstoles que se enojaron con Santiago y Juan, también pecaban de lo mismo porque tampoco supieron distinguir cual era la autentica actitud para ser de Jesús.
Como Iglesia Comunión y como Iglesia que se encamina a la misión, nuestra palabra, que es una palabra de Dios, el motivo que nos mueve es de un servicio conciente y concreto. Y digo servicio para vivirlo entre los que estamos al lado, uno con otro trabajando internamente, pero que también nos prepara a un compartir y a un servicio con los de afuera, más aún sabiendo que estamos destinados a evangelizar a los que están afuera. Respetando la realidad de cada uno, sabiendo que pertenecer a la Iglesia no significa solamente pertenecer a una Institución o una función que aparezca visiblemente, sino que es un servicio que parte de los corazones, que creen y que viven y que se dejan conducir por el amor de Dios.
Jesús en su pedagogía del Evangelio tuvo mucha paciencia, con sus discípulos, con la gente que los acompañó, y esperó siempre, en la vuelta de los demás. Y a lo mejor, históricamente, humanamente sabemos que quedo solo, sin embargo su obra fue fecunda en esa lógica del servicio, del servicio sufrido, pero sin embargo sobrecargado de esa cuota profunda de amor y de fuego del Espíritu, que es lo que transforma y cambia en el tiempo y momento que Dios quiere.
Aún en las dificultades y en las limitaciones que tenemos adentro de nuestra Iglesia, sin embargo hay razones siempre para la esperanza de construirla y de quererla y queriendo a nuestra Iglesia, a nuestras comunidades, buscar y discernir el camino que mejor construye al otro, que lo apoya, que lo promueve y que lo hace vivir en la alegría de la Fe.
Y este camino, es el camino ya de rescate y de salvación para nosotros. Viviéndolo así tenemos la garantía sin duda de que encontraremos paso a paso modos nuevos de acercarnos a los demás y de servir en solidaridad.
El hecho de la misión, lo repetíamos esta tarde en la Asamblea, lo repiten todos los documentos de los Obispos, también Aparecida, es un modo y un desafío renovar nuestras relaciones, nuestra oración con Dios pero fundamentalmente nuestras relaciones fraternas, entre nosotros, porque ese es el desafío de la misión de una Iglesia Comunión. Una Iglesia que tiene que caminar uno al lado de otro, no individualmente. Ahí esta nuestra fuerza y ahí esta nuestra cruz también. Este es nuestro desafío pero esta también el modo como Jesús conquista la gente, porque no estamos solos sino es El con nosotros, entre nosotros que conduce a su Iglesia.
Le pedimos al Señor esa fuerza y esa Fe para que los que hemos construido esta tarde lo llevemos en el corazón, lo encomendemos al Espíritu. Lo recemos profundamente y sobre todo lo dejemos madurar guiados por este Espíritu. Ese maestro interior que tenemos todos. La Iglesia nos custodia, la Iglesia como comunidad nos congrega.
Rogamos al Señor que en esa Asamblea que El forma con los corazones unidos en su nombre, también nosotros nos sintamos ahí incluidos. Se lo pedimos por los que estamos aquí; para que llevemos esta fuerza de compartir con los que encontraremos.
Quiero terminar con una intención. Como para la Biblia, el día comienza en el atardecer y termina con la primera luz de la primera estrella del otro día, hoy ya podemos celebrar a nuestras madres, las que están presente, las que han podido venir y las que esperan también un recuerdo de nosotros. Le pedimos al Señor que, contemplando a nuestras madres, teniéndolas presentes en nuestras mentes en nuestros corazones, también nosotros nos sintamos atraídos de tener un sentido maternal para vivir la Fe, para vivir nuestras relaciones. Ese sentido maternal es aquel que sobre todo esta cargado de misericordia, que busca allanar los medios, que espera siempre y que por sobre todo cree en la posibilidad del otro para rescatarse y redimirse. Esta imagen, nos hace bien a nosotros y es un ejemplo que nos acompaña y que nos puede servir en cada momento.
PONENCIA DE MONS. ANRÉS STANOVNIK
COMO MISIONA UNA IGLESIA COMUNIÓN
I. Introducción
Vamos a tratar de respondernos a la siguiente cuestión: Cómo puede y cómo debe misionar una Iglesia Comunión.
Ante todo es necesario tomar conciencia de que es el Espíritu Santo quien mueve la Iglesia. El movimiento que el Espíritu suscita en la Iglesia y en cada uno de sus miembros es capacitar para decir “Jesús es el Señor” (cf. 1Cor 12,3) y hacer que la Iglesia viva por él, con él y en él.
Aparecida responde a ese impulso del Espíritu Santo que lleva a la comunión y a la misión:
La Iglesia está llamada a repensar profundamente y relanzar con fidelidad y audacia su misión en las nuevas circunstancias latinoamericanas y mundiales (…) Se trata de confirmar, renovar y revitalizar la novedad del Evangelio arraigada en nuestra historia, desde un encuentro personal y comunitario con Jesucristo, que suscite discípulos y misioneros. Ello no depende tanto de grandes programas y estructuras, sino de hombres y mujeres nuevos (…) A todos nos toca recomenzar desde Cristo, reconociendo que “no se comienza a ser cristiano por una decisión ética o una gran idea, sino por el encuentro con un acontecimiento, con una Persona, que da un nuevo horizonte a la vida y, con ello, una orientación decisiva” (DA 11-12).
Repensar, relanzar, renovar, revitalizar… ¿Qué? Un encuentro personal y comunitario con Jesucristo que suscite discípulos misioneros. Ser discípulo es sobre todo un modo de relacionarse. Así también ser misionero es esencialmente un asunto de relación. Aparecida recoge de las comunidades esa preocupación generalizada de no estar haciendo las cosas del todo bien y, al mismo tiempo, percibe el nuevo impulse que se manifiesta en el deseo de hacerlas de otro modo y mejor.
Nos encontramos ante el desafío de revitalizar nuestro modo de ser católico y nuestras opciones personales por el Señor, para que la fe cristiana arraigue más profundamente en el corazón de las personas y los pueblos latinoamericanos como acontecimiento fundante y encuentro vivificante con Cristo. Él se manifiesta como novedad de vida y de misión en todas las dimensiones de la existencia personal y social. Esto requiere, desde nuestra identidad católica, una evangelización mucho más misionera, en diálogo con todos los cristianos y al servicio de todos los hombres (DA 13).
El texto destaca los vínculos fundamentales del creyente:
a) revitalizar nuestras opciones personales por el Señor para un encuentro más vivificante con Él;
b) para una evangelización mucho más misionera, en diálogo y servicio.
Este Encuentro diocesano responde al impulso del Espíritu Santo que quiere hacernos más de Jesús y más misioneros al modo de Él.
Navega Mar Adentro empieza por el Espíritu Santo. Veamos el título del primer capítulo: El Espíritu Santo que nos anima. Aquí tenemos una clave importante para responder a la pregunta “cómo puede misionar una Iglesia comunión”: por el Espíritu que la anima. Pero tiene que dejarse animar por ese Espíritu y, además, pedirlo con insistencia y humildad:
“El Espíritu Santo que nos anima es el mismo que impulsó a Jesús. Él nos hace participar de la vida y de la misión del Salvador. Sin Él la evangelización es imposible. Pero con su ayuda podemos ser testigos de Jesús en medio del mundo, para transformar la sociedad. Por eso, desde nuestras dudas, temores, cansancios y debilidades le pedimos: Ven, padre de los pobres, ven a darnos tus dones, ven a darnos tu luz.” (n. 3).
Ese primer capítulo es una joya. Miren sólo los títulos que siguen en ese mismo capítulo: Amados por Dios, Firmes en la esperanza, Con entrañas de misericordia, En la mística de comunión, Con fervor misionero, En la entrega cotidiana.
Desde el momento que sentimos la necesidad de repensar, relanzar, renovar, revitalizar… es porque sentimos que algo se debilitó, que ya no responde como quisiéramos que respondiera. En realidad, no es que estemos tan mal, pero tampoco estamos como deberíamos estar. Nos sentimos tibios, añoramos ese ardor apostólico que vemos en los santos, nos damos cuenta que necesitamos más fervor.
Escuché que en algún encuentro anterior se invitó a traer signos que identificaran la vida de la parroquia. Y una parroquia trajo una bicicleta con la goma pinchada. El mensaje de ese signo es claro. Sin embargo, yo le daría un poco de aire a esa goma, pero la dejaría baja. Creo que así, con la goma baja, representa mejor lo que nos pasa. Estamos andando, pero como se anda con una bicicleta con las gomas bajas: despacio, cansados y con la sensación de que no avanzamos como quisiéramos. Sentimos que hay un desinfle, una especie de cansancio que no es de plenitud sino de desgaste. Nos damos cuenta que necesitamos renovar el entusiasmo de nuestra fe. Un misionero triste es como una bicicleta desinflada, anda sí, pero con la sensación de que “no llega nunca”.
El ser humano no está hecho para medias tintas. Fuimos creados para el amor y nuestro corazón no encuentra descanso si no es en la entrega total de sí mismo por amor. En el fondo, estamos profundamente cuestionados por el Amor. “Lo que me duele es no morir de amor”, dice al final de su vida uno de los personajes de García Márquez en la novela “El amor en los tiempos del cólera”. Ése dolor nos acompaña también a nosotros. Por eso en Aparecida dijimos que “necesitamos un nuevo Pentecostés” (DA 548) y con Pablo VI en Evangelii Nuntiandi, sentimos que debemos recobrar “el fervor espiritual, esa dulce y reconfortadora alegría de evangelizar” (n. 80). El primer síntoma de esa fatiga espiritual es la pérdida de la alegría y de la paz, dones que generan el fervor evangélico y el entusiasmo misionero.
II. ¿Cómo puede misionar una Iglesia comunión?
Es una pregunta crucial porque se trata nada menos que del poder: ¿cómo puede? Por eso es muy importante que la respondamos bien.
Lo primero que habría que evitar es una respuesta funcionalista. Es una respuesta tentadora, que consiste en empezar con un análisis de la realidad. En nuestras comunidades lo hacemos más o menos así. Empezamos haciendo un análisis para ver la realidad y elaboramos un diagnóstico. Ya estamos contentos con el primer paso. Luego pasamos al segundo momento: juzgar. Elaboramos una excelente iluminación evangélica. Nuestro entusiasmo aumenta porque nos falta sólo el último paso: actuar. Para esto, nos ponemos de acuerdo en unas acciones urgentes, otras a mediano plazo y algunas a largo plazo. Así logramos tener una planificación pastoral. Hemos llegado al final, cansados pero contentos. Después de un tiempo sentimos la necesidad de evaluar y con frecuencia sucede que nos encontramos igual que cuando empezamos.
En realidad, lo que falló fue el primer paso. Empezamos poniendo demasiada atención en nosotros mismos, en lugar de empezar abriéndonos a la acción del Espíritu Santo. A los gálatas les pasó algo parecido, de allí aquella advertencia de san Pablo:
“Gálatas insensatos, ¿quién los ha seducido a ustedes, ante quienes fue presentada la imagen de Jesucristo crucificado? Una sola cosa quiero saber: ¿ustedes recibieron el Espíritu por las obras de la Ley o por haber creído en la predicación? ¿Han sido tan insensatos que llegaron al extremo de comenzar por el Espíritu, para acabar ahora en la carne?” (Gal 3,1-3).
Las obras de la ley reflejan en cierto modo la actitud de empezar confiando en nuestro esfuerzo. Más tarde, san Pablo les va a decir a los efesios algo parecido, pero en un tono más sereno:
“Porque ustedes han sido salvados por su gracia [por el amor que Dios nos mostró en Cristo Jesús] mediante la fe. Esto no proviene de ustedes, sino que es un don de Dios y no es el resultado de las obras, para que nadie se gloríe” (Ef 2,8-9).
Si partimos de nosotros, acabamos en nosotros. Eso cansa mucho y no produce los frutos del Espíritu:
“Amor, alegría y paz, magnanimidad, afabilidad, bondad y confianza, mansedumbre y temperancia. Frente a estas cosas, la Ley está demás, porque los que pertenecen a Cristo Jesús han crucificado la carne con sus pasiones y sus malos deseos. Si vivimos animados por el Espíritu, dejémonos conducir también por el Espíritu” (Gal 5, 22-25).
El texto de la Transfiguración es genial para mostrarnos la diferencia entre eficiencia y eficacia pastoral, entre poner la confianza en las propias fuerzas o en la el poder del Señor.
Jesús, Maestro, se llevó consigo a Pedro, Santiago y Juan a un monte alto. Dos de ellos eran amantes del poder y del prestigio. Los lleva él, nadie puede subir solo. Él los hace subir y Él los hace entrar en su misterio. Nadie puede conquistarlo por sí mismo. Ni Moisés ni Elías que se aparecen hablando con Jesús. Ninguno de los dos terminó su camino; el camino de ambos termina en Jesús. Aparecen hablando con Jesús, ¿de qué?, del “camino de Jesús”. Pedro no entiende nada, organiza la estadía con carpas para el pasado: una para Moisés y otra para Elías. Estamos bien, como siempre, seguros con lo que venimos haciendo. La tentación de la eficiencia es la excesiva confianza en la planificación. Sin embargo esa seguridad-claridad se cubre por una nube: el misterio de Dios que los envuelve y en ese misterio habla el Padre: Éste es mi Hijo. Escúchenlo. No se resistan. De ahora en adelante yo no hablo más, yo hablo a través de él. Ésta es la catequesis del Padre. Ahora que se derrumbó el campamento que organizó Pedro, bajan de la montaña, a lo cotidiano de la historia. Con todo, no aprendieron la lección. Cuando bajan (Mc 9, 11-13) se encuentran con un gran alboroto. Un padre presenta a su hijo endemoniado para que Jesús lo cure porque sus discípulos no pudieron hacerlo. Si tú puedes hacer algo. Cómo, si puedes, todo es posible para el que tiene fe, dice Jesús. El poder no garantiza la fe. La acción de la fe sobre el poder sí funciona. Los discípulos se apoderaron del poder. Cuando regresaron a casa le preguntaron a Jesús porqué no pudieron hacerlo. Eficiencia y eficacia. La eficacia depende de la fe. El plan pastoral es una ayuda. La eficacia la da el Señor. Hay que crecer en la fe para partir siempre de ella.
“Las cosas son como se principian” afirmó Santa Teresa de Ávila, haciendo referencia al sentido común que ya en el primer paso contempla el horizonte. Si se empieza contemplando a Dios, se vive la vida iluminado por la visión de la fe, y se camina hacia el encuentro con Él. En ese sentido va también el pensamiento del Santo Padre cuando advierte que:
“antes que cualquier actividad y que cualquier cambio del mundo, debe estar la adoración. Sólo ella nos hace verdaderamente libres, sólo ella nos da los criterios para nuestra acción. Precisamente –concluye constatando– que en un mundo, en el que progresivamente se van perdiendo los criterios de orientación y existe el peligro de que cada uno se convierta en su propio criterio, es fundamental subrayar la adoración”.
La adoración, como paso que “principia” toda acción, hace posible “anclar la vida y la historia en firmes referencias espirituales”. La adoración debe ser el primer paso de cualquier actividad pastoral que se lleve a cabo en la Iglesia, para que responda realmente al querer de Dios y evite personalismos y grupos autoreferenciales. Si empezamos por la comunión, vamos a terminar en la comunión. Si “vemos bien” para dar el primer paso, si acertamos a darlo en la dirección correcta, seguramente el Señor, a quien contemplamos, nos llevará a la meta, que es Él mismo, junto al Padre en el Espíritu Santo.
III. ¿Cómo debe misionar una Iglesia comunión?
La comunión es para la misión y la misión es para la comunión (DA 163). Para fortalecer la misión hay que empezar siempre fortaleciendo la comunión, porque de ésta nace la misión.
En el origen está la comunión. En el principio está el Amor. Dios nos amó primero. En el principio existía la palabra… Por eso, el fundamento tanto de la comunión como de la misión es la vida de la Santísima Trinidad. Allí se habla de la misión del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo, misión que nace de la comunión.
La Iglesia es el lugar donde las personas que se identifican como seres en relación, con vocación para el encuentro y con la misión de construir la comunidad. Esto tiene su fundamento teológico en el misterio de la Trinidad, que es misterio de comunión misionera, es decir, de un tipo de relación que no los cierra en sí mismos, sino que los lanza a la misión.
La misión es radicalmente comunitaria. Si, como dijimos, la misión nace de la comunión y conduce a la comunión, el itinerario misionero tiene que reflejar un claro estilo comunitario. Cuando decimos estilo comunitario, no lo decimos sólo porque ir de dos en dos, o en grupo, sería más eficiente y se lograrían mejores resultados. Santa Teresita del Niño Jesús fue mucho más eficaz como misionera, que tantos grupos y programas de misión. Un estilo comunitario se distingue por la calidad de relación que logran los integrantes entre sí y con aquellos a quienes se dirigen como misioneros, es decir, por el respeto, la apertura, la acogida, la inclusión…
Jesús se muestra sumamente sensible en este punto y no deja que se filtre ninguna conducta sectaria. Por ejemplo, en:
“En ese momento Juan tomó la palabra y le dijo: «Maestro, hemos visto a uno que expulsaba demonios en tu nombre y tratamos de impedírselo, porque no es de los nuestros. Pero Jesús le dijo: No se lo impidan, porque el que no está contra ustedes, está con ustedes» ( Lc 9,49-50).
Por otra parte, Jesús es tajante con los sectarios (puros-impuros):
“¡Ay de ustedes, escribas y fariseos hipócritas, que cierran a los hombres el Reino de los Cielos! Ni entran ustedes, ni dejan entrar a los que quisieran” (Mt 23,13).
También sobre el ministerio sacerdotal recae ese estilo comunitario que se distingue por la calidad de relación que establece con sus fieles. Al respecto, se dice que el ministerio tiene una radical forma comunitaria y no puede desarrollarse sino como tarea colectiva. No hay lugar para el individualismo. Hay lugar para personas y persona dice inmediatamente a relación con otro. Pero la clave de esa apertura está en Jesucristo pobre y crucificado “que me amó y se entregó por mí” (Gal 2,20).
Nosotros estamos hechos a esa imagen y semejanza, y no nos vamos a entender a nosotros mismos ni a los demás, ni el devenir de la historia, si no aceptamos esa clave. Por algo la invitación de Jesús es reiterativa e insistente: el que quiera seguirme, que tome su cruz y venga conmigo…, si el grano de trigo que cae en tierra no muere.., cuando Pedro quiere convencerlo de que ése no es el camino, Jesús lo trata de Satanás y le dice que vaya detrás de él. Fue así: después del primer anuncio de la Pasión, “Pedro, llevándolo aparte, comenzó a reprenderlo. Pero Jesús, dándose vuelta y mirando a sus discípulos, lo reprendió, diciendo: «¡Retírate, ve detrás de mí, Satanás! Porque tus pensamientos no son los de Dios, sino de los hombres»” (Mc 8,32-33).
Para que la misión lleve a relaciones nuevas tiene que recomenzar desde Cristo. Siempre. Si estamos medio desinflados, no vamos a comunicar el espíritu que nosotros no tenemos ni podemos fabricar por nosotros mismos. Aparecida propone que seamos más discípulos misioneros de Jesucristo, porque la fe viva en Él nos da una familia, nos libera del aislamiento del yo, porque nos lleva a la comunión: el encuentro con Dios es, en sí mismo y como tal, encuentro con los hermanos, nos dijo el Papa en Aparecida. Por eso, en la carta pastoral de la CEA sobre la Misión Continental, dice que la “conversión pastoral” pasa por el modo de relacionarse con los demás. Es un tema relacional. Importa el vínculo que se crea y el fundamento sobre el que se apoyan esos vínculos, para que transmitan “actitudes” evangélicas.
En este sentido, fue muy acertada la tarea que hicieron en las parroquias sobre los tres ámbitos de relación:
a) las relaciones personales entre los miembros de los grupos;
b) las relaciones entre los distintos grupos de la parroquia;
c) las personas y grupos como miembros de la comunidad parroquial.
Ser discípulo es estar dispuesto a relacionarse no como maestro que lo sabe todo, que acapara palabras, tiempo y al final también a las personas y las cosas. Ser discípulo misionero es estar dispuesto a escuchar, aprender, acoger y compartir, aprendiendo a hacerlo mirando a Jesús y al modo de Él.
Dos escritos que iluminan
Se trata de dos textos recientes: La Carta Pastoral de los obispos argentinos y el Itinerario de la Misión Continental, segundo subsidio que ofrece el CELAM para la misión. ¿Qué iluminación nos aportan estos documentos para saber cómo debe misionar una Iglesia comunión?
La Carta (n. 3, 9 y 15) leemos:
La necesidad de renovar (hacer nuevo) nuestro estilo evangelizador. Alcanzar un renovado estilo misionero, pues “la fuerza de este anuncio de vida será fecunda si lo hacemos con el estilo adecuado, con las actitudes del Maestro, teniendo siempre la Eucaristía como fuente y cumbre de toda actividad misionera” (DA 363).
Por lo tanto hablar de Misión Continental es decir al mismo tiempo dos cosas:
· trabajar en una “conversión pastoral” que lleve a un estado de misión permanente, a partir de la pastoral ordinaria,
· y realizar misiones organizadas que encarnen y hagan visible este renovado estilo misionero.
En la tarea pastoral ordinaria la gran “conversión pastoral” pasa por el modo de relacionarse con los demás. Es un tema “relacional”. Importa el vínculo que se crea, que permite transmitir “actitudes” evangélicas.
En el Itinerario leemos que la pastoral misionera de nuevo estilo:
· Debe proceder de la hondura de un encuentro personal y comunitario con Jesucristo, y crece por desborde de alegría y por contagio espiritual, y establece nuevos vínculos, aumenta y fortalece la comunión, abriéndola a todos. Quiere ofrecer, compartir y dar la Vida-Cristo, Vida del hombre, vida del mundo.
· Es una pastoral acogedora de las personas, que se destaca por su calidez, cercanía, ternura.
· Tiene que manifestar a una Iglesia madre que sale al encuentro.
· Es una misión que se hace en diálogo, buscando interlocutores más que destinatarios, para compartir la experiencia de fe en Jesucristo.
En la Carta (n. 17, 19 y 22) leemos:
La pastoral, entonces, parece desarrollarse en lo vincular, en las relaciones, para que los programas pastorales no terminen siendo “máscaras de comunión”. Aquí importa en primer lugar lo que es previo a cualquier programa o acción. Antes de la organización de tareas, importa el “como” las voy a hacer, el modo, la actitud, el estilo. Así entonces las tareas son herramientas de un estilo comunional, cordial, discipular, que transmite lo fundamental: la bondad de Dios.
La misión lleva al encuentro personal para transmitir a Cristo. La misión es relación, es vínculo. No hay misión si no me relaciono con el prójimo. La misión necesita de la cercanía cordial. Y el desafío, desde esta cercanía, es llegar a todos sin excluir a nadie.
El lema “para que los pueblos en Él tengan Vida” (…) se juega en el eje inclusión – exclusión; comunión – aislamiento. Y este pasa a ser el horizonte primero de la misión.
El Itinerario propone algunos rasgos más importantes de la conversión pastoral
La diócesis es la unidad pastoral para realizar la misión: hay una conversión hacia la Iglesia particular –conversión eclesial– para que la pastoral sea orgánica, inclusiva y participativa.
En el camino de pastoral orgánica deben participar todos los bautizados (no sólo párrocos y parroquias), todos. “Ninguna comunidad debe excusarse de entrar decididamente, con todas sus fuerzas, en los procesos constantes de renovación misionera, y de abandonar las estructuras caducas que ya no favorezcan la transmisión de la fe” (DA 365).
Esta conversión pastoral y eclesial debe reflejarse en todos los planes pastorales como “una respuesta consciente y eficaz para atender las exigencias del mundo de hoy, con indicaciones programáticas concretas, objetivos y métodos de trabajo, de formación y valorización de los agentes y la búsqueda de los medios necesarios, que permiten que el anuncio de Cristo llegue a las personas, modele las comunidades e incida profundamente mediante el testimonio de los valores evangélicos en la sociedad y en la cultura” (DA 371).
Tanto en la gestación de estos planes como en su realización deben participar con voz y voto todas las expresiones de vida apostólica y espiritual que hay en la diócesis, especialmente el laicado masculino y femenino, respetando los ámbitos de decisión correspondientes. Esto debiese ser normal en la Iglesia del Señor pues, además, promueve la corresponsabilidad. Son planes pastorales de toda la Iglesia y de todos en la Iglesia, abiertos a discernir “lo que el Espíritu está diciendo a las Iglesias” (DA 366).
La pastoral se hace de cara a la historia, tratando de responder a sus desafíos y procurando tocar el corazón de las personas y el corazón de las culturas (DA 367). Es paradigmática la actitud pastoral de las primeras comunidades que, desde su debilidad y pobreza, sufriendo persecución y muerte, supieron encontrar caminos para evangelizar e incidir en las culturas de su tiempo (DA 369). Esta fidelidad y audacia apostólicas implica necesariamente para nosotros reformas espirituales, pastorales y también institucionales (DA 367).
Llevar a cabo esta hermosa tarea, nos exige vivir “la espiritualidad de la comunión” en los términos tan ricos y precisos expresados por el Papa Juan Pablo II en Novo Millennio Ineunte (n. 43). De allí nace la actitud de apertura, de diálogo y disponibilidad para promover la corresponsabilidad y participación efectiva de todos los fieles en la vida de las comunidades cristianas. Hoy, más que nunca, el testimonio de comunión eclesial y la santidad son una urgencia pastoral. La programación pastoral ha de inspirarse en el mandamiento nuevo del amor (DA 368).
Esta nueva manera de hacer pastoral debe tener en cuenta la pastoral ad gentes, tanto dentro como fuera de nuestras fronteras, para saber dialogar con los no creyentes que hay en nuestras Iglesias Particulares y para formar misioneros, laicos y consagrados, que puedan ir a anunciar el Evangelio en otras tierras.
En síntesis: la conversión pastoral de nuestras comunidades exige que se pase de una pastoral de mera conservación a una pastoral decididamente misionera.
En el Itinerario encontramos acciones que se proponen para fortalecer la Conversión Pastoral
Ante todo, esto es una cuestión que afecta todo e implica a todos: Aparecida afirma que Esta firme decisión misionera debe impregnar todas las estructuras eclesiales y todos los planes pastorales de diócesis, parroquias, comunidades religiosas, movimientos y de cualquier institución de la Iglesia (DA 365)
Para promover que los agentes de pastoral opten conscientemente por la misión permanente, se sugiere:
Revisar críticamente planes y programas en la doble perspectiva:
– ¿Acercan ellos a un encuentro personal con Jesucristo? ¿Cómo?
– ¿Llevan ellos a salir personal y comunitariamente de uno/nosotros mismos hacia otros? ¿Cómo?
En el Itinerario se proponen acciones para promover un proceso eclesial que involucre a todos
Profundizar la espiritualidad de comunión y participación en todas las comunidades.
Convocar sistemáticamente a los diversos carismas presentes en la Iglesia.
Organizar encuentros y retiros donde se reflexione la espiritualidad de comunión y participación.
Tener como estrategia pastoral la integración y la organización de equipos eclesiales, donde estén presentes los distintos carismas.
La Carta pastoral ofrece como conclusión tres puntos (n. 41, 42 y 43)
Aparecida provoca una revisión del estilo evangelizador. Redescubre que la misión (relación con el otro para compartir la fe en Cristo) es fundamental en la identidad cristiana, dando prioridad a las actitudes y al estilo evangelizador.
Por ello es necesario un camino de “conversión pastoral”, buscando cambiar el modo de transmitir el Evangelio reconociendo que el Espíritu Santo está en el origen de todo camino de Fe.
Hoy más que nunca se espera de todo agente evangelizador la conciencia de esta vocación de discípulos misioneros. El vínculo con Jesús en la dimensión discipular se hace vínculo misionero con los hermanos para presentarles el amor y la bondad de Dios.
Mons. Andrés Stanovnik
Arzobispo de Corrientes