Disertación de Mons. Juan Rubén Martínez

El pasado sábado 09 de abril se llevó a cabo la disertación acerca de “Ciudadanía con inclusión y vida”, a cargo del actual obispo de Posadas, Monseñor Juan Rubén Martínez, Presidente de la Comisión Episcopal para Laicos y Familia.

 

Mons. Martínez desarrollo el tema (ver temario), para luego atender distintas preguntas de los allí presentes.

 

Hubo un gran número de personas que concurrieron a escuchar y participar del tema propuesto por el Obispo de Reconquista y la Comisión de Justicia y Paz de la Diócesis de Reconquista. 

En las instalaciones del Centro de Empleados de Comercio de la ciudad de Reconquista, estuvieron presentes políticos, profesionales, docentes y alumnos de la Universidad Católica de Santa Fe, medios de comunicación y público en general.

Temario Tratado: CIUDADANIA CON INCLUSIÓN Y VIDA

1. Vocación y misión del Laico:

En el contexto del bicentenario los obispos argentinos emitimos un documento denominado “Hacia un Bicentenario en justicia y solidaridad (2010-2016)”, como un aporte a que la celebración del mismo no sea solo de eventos extraordinarios, sino fundamentalmente compromisos ciudadanos que impliquen algunos valores en la construcción de la sociedad, permitiéndonos vivir en una patria con horizontes de esperanza.

En dicho documento reiteramos una cierta ausencia de “liderazgos católicos” que reclaman la necesidad de acentuar en nuestra tarea evangelizadora el rol, la vocación y la misión del laico, en aquello que más la especifica que es en la transformación de las realidades temporales: “En un cambio de época, caracterizado por la carencia de nuevos estilos de liderazgo, tanto sociales y políticos, como religioso y culturales, es bueno tener presente esta concepción del poder como servicio. Como Iglesia, este déficit nos cuestiona.

En un continente de bautizados, advertimos la notable ausencia, en el ámbito político, comunicacional y universitario, de voces e iniciativas de líderes católicos, con fuerte personalidad y abnegada vocación, que sean coherentes con sus convicciones éticas y religiosas” (21).

La urgente necesidad de profundizar el pedido realizado en el documento de Aparecida, en orden a que los cristianos asumamos con radicalidad el camino de discipulado y misión, es una clave para que podamos aportar a nuestro tiempo, la humanización y evangelización de la cultura, que nos permitirá encaminarnos a celebrar un bicentenario con un poco más de justicia y solidaridad.

Tanto el secularismo actual que concibe la vida humana, personal y social, al margen de Dios, generando una creciente indiferencia religiosa, como una globalización materialista y mercantil, causan un falso humanismo que ignora la condición de creaturidad y la existencia de Dios, falseando la misma realidad y provocando una profunda crisis de valores. Debemos recordar la iluminación del Papa Benedicto XVI en la sesión inaugural de Aparecida cuando decía:” ¿Qué es la realidad? ¿Qué es lo real? ¿Son realidad solo los bienes materiales, los problemas sociales, económicos y políticos? Aquí está necesariamente el gran error de las tendencias dominantes en los últimos siglos, error destructivo, como demuestran los resultados tanto de los sistemas marxistas como incluso capitalistas, falsificando el concepto de realidad con la amputación de la “realidad fundante” y por esto decisiva, que es Dios. 

Quien excluye a Dios de su horizonte falsifica el concepto de realidad, y en consecuencia, solo puede terminar en caminos equivocados y con recetas destructivas”.

La evangelización y humanización de la cultura, implican una visión antropológica que debemos ahondar, para integrar necesariamente la dimensión religiosa y la espiritualidad en nuestros ambientes en orden a que algunos valores como la vida, solidaridad, justicia y libertad se consoliden en la cultura contemporánea.

En este sentido es fundamental que el laico, por el bautismo tenga cada vez mayor comprensión de su vocación y misión, y que la búsqueda de santidad integre necesariamente el compromiso de ser ciudadanos servidores en justicia y solidaridad.

 

2. Sobre Encíclica “Caritas in Veritate”:

El amor en la verdad (caridad), la Doctrina Social de la Iglesia, la justicia y el  bien común como contenidos necesarios para servir a “la ciudad del hombre”:

“El amor-caritas-es una fuerza extraordinaria, que mueve a las personas a comprometerse con valentía y generosidad en el campo de la justicia y de la paz. Es una fuerza que tiene su origen en Dios, amor eterno y verdad absoluta” (1).

“La caridad es la vía maestra de la doctrina social de la Iglesia. Todas las responsabilidades y compromisos trazados por esta doctrina provienen de la caridad que, según la enseñanza Jesús, es la síntesis de la ley (Mt. 22, 36-40). Ella da verdadera sustancia a la relación personal con Dios y con el prójimo, no es solo el principio de las micro-relaciones, como las amistades, la familia, el pequeño grupo, sino también de las macro-relaciones, como las relaciones sociales, económicas y políticas. Para la Iglesia, aleccionada por el Evangelio, “la caridad es todo” como enseña San Juan (1Jn 4, 8)”. (2)

“La doctrina social de la Iglesia responde a esta dinámica de caridad recibida y ofrecida. Es anuncio de la verdad del amor de Cristo en la sociedad. Dicha doctrina es servicio de la caridad, pero en la verdad. La verdad preserva y expresa la fuerza liberadora de la caridad en los acontecimientos siempre nuevos de la historia… Sin verdad, sin confianza y amor por lo verdadero, no hay conciencia y responsabilidad social, y la actuación social se deja a merced de intereses privados y de lógicas de poder, con efectos disgregadores sobre la sociedad, tanto más en una sociedad en vías de globalización, en momentos difíciles como los actuales. (5)

“El amor en la verdad” es el principio sobre el que gira la doctrina social de la Iglesia, un principio que adquiere forma operativa en criterios orientadores de la acción moral. Deseo volver a recordar particularmente dos de ellos, requeridos de manera especial en el compromiso para el desarrollo en una sociedad en vías de globalización: la justicia y el bien común” (6).

“La caridad va más allá de la justicia, porque amar es dar, ofrecer de lo mío al otro, pero nunca carece de justicia, la cual lleva a dar al otro lo que es “suyo”, lo que le corresponde en virtud de su ser y de su obrar. No puedo “dar” al otro de lo mío sin haberle dado en primer lugar lo que en justicia le corresponde” (6).

“Hay que tener también en gran consideración el bien común. Amar  a alguien es querer su bien y trabajar eficazmente por él. Junto al bien individual, hay un bien relacionado con el vivir social de las personas: el bien común. Es el bien de ese “todos nosotros”, formado por individuos, familias y grupos intermedios que se unen en comunidad social…trabajar por el bien común es cuidar, por un lado y utilizar por otro, ese conjunto de instituciones que estructuran jurídica, civil, política y culturalmente la vida social, que se configuran así como “polis”, como ciudad. Se ama al prójimo tanto más eficazmente cuanto más se trabaja por un bien común que responda también a sus necesidades reales. Esta es la vía institucional, también política, podríamos decir de la caridad, no menos cualificada e incisiva de lo que pueda ser la caridad que encuentra directamente al prójimo fuera de las mediaciones institucionales de la polis. (7).

 

3. Algunos ejes claves en la construcción de la sociedad:

En el DEPLAI, Departamento de Laicos, de la Comisión Episcopal para laicos y familia, se trabaja con aquello que denomina: “V.I.F.E”: vida, inclusión, familia y educación.

Nosotros en esta reflexión comentaremos del documento “Hacia un Bicentenario en justicia y solidaridad (2010-2016)”, algunas de las metas a alcanzar durante la celebración del Bicentenario: “Los dramas que hemos descripto y que afectan fundamentalmente a los más desprotegidos están  íntimamente relacionadas con profundas carencias morales y estructurales. Por eso, a la luz del principio de la dignidad inviolable de cada ser humano y de una concepción integral de la persona, nos parece imperioso proponer, con vistas al bicentenario de la Nación, algunas metas que estimamos prioritarias para la construcción del bien común:

 32. Recuperar el respeto por la familia y por la vida en todas sus formas. Todo lo dicho será siempre provisorio y frágil, sin una educación y una legislación que transmitan una profunda convicción moral sobre el valor de cada vida humana. Nos referimos a la vida de cada persona en todas sus etapas, desde la concepción hasta la muerte natural. Especialmente pensamos en la vida de los excluidos e indefensos. También en la vida de las familias, lugar afectivo en el que se generan los valores comunitarios más sólidos y se aprende a amar y a ser amado. Allí se ilumina la vida afectiva privada y promueve el compromiso adulto con la vida pública y el bien común. Alentamos a las familias a participar y organizarse como protagonistas de la vida social, política y económica (36)

33. Avanzar en la reconciliación entre sectores y en la capacidad de diálogo. Una amistad social que incluya a todos, es el punto de partida para proyectarnos como comunidad, desafío que no hemos logrado construir en el transcurso de nuestra vida nacional. «Es necesario educar y favorecer en nuestros pueblos todos los gestos, obras y caminos de reconciliación y amistad social, de cooperación e integración» (37).

34. Alentar el paso de habitantes a ciudadanos responsables. El habitante hace uso de la Nación, busca beneficios y sólo exige derechos. El ciudadano construye la Nación, porque además de exigir sus derechos, cumple sus deberes (38) Hay una carencia importante de participación de la ciudadanía como agente de transformación de la vida social, económica y política. Los argentinos hemos perdido el miedo a la defensa de nuestros derechos, pero la participación ciudadana es mucho más que eso. El verdadero ciudadano intenta cumplir todos los deberes derivados de la vida en sociedad.

35. Fortalecer las instituciones republicanas, el Estado y las organizaciones de la sociedad. Aunque a veces lo perdamos de vista, la calidad de vida de las personas está fuertemente vinculada a la salud de las instituciones de la Constitución, cuyo deficiente funcionamiento produce un alto costo social.

Resulta imprescindible asegurar la independencia del poder judicial respecto del poder político y la plena vigencia de la división de los poderes republicanos en el seno de la democracia. La calidad institucional es el camino más seguro para lograr la inclusión social. Asimismo, debemos fortalecer a las organizaciones de la sociedad.

36. Mejorar el sistema político y la calidad de la democracia. Es imperioso dar pasos para concretar la indispensable y tan reclamada reforma política. También para afianzar la orgánica vitalidad de los diversos partidos y para formar nuevos dirigentes, reconociendo que las estructuras nuevas no producirán cambios significativos y estables sin dirigentes renovados, forjados en el aprecio y el ejercicio constante de los valores sociales. Sobre todo, es imprescindible lograr que toda la ciudadanía pueda tener una mayor participación en la solución de los problemas, para que así se supere el recurso al reclamo esporádico y agresivo y se puedan encauzar  propuestas más creativas y permanentes. De este modo construiremos una democracia no sólo formal, sino real y participativa.

37. Afianzar la educación y el trabajo como claves del desarrollo y de la justa distribución de los bienes. Urge otorgar capital importancia a la educación como bien público prioritario, que genere inclusión social y promueva el cuidado de la vida, el amor, la solidaridad, la participación, la convivencia, el desarrollo integral y la paz. Una tenaz educación en valores y una formación para el trabajo, unidas a claras políticas activas, generadoras de trabajos dignos, será capaz de superar el asistencialismo desordenado, que termina generando dependencias dañinas y desigualdad.

38. Implementar políticas agroindus­triales para un desarrollo integral. Es necesario concretar un programa agropecuario y agroindustrial a nivel nacional, que integre en la vida del país todo lo que está vinculado a nuestra tierra. Cabe apreciar la histórica importancia del campo en el crecimiento de nuestra sociedad y, a su vez, incorporar todos los avances tecnológicos con pleno respeto del medio ambiente. Por otra parte, se ha de alentar el desarrollo de las comunidades de los pueblos originarios y de las familias minifundistas, favoreciendo el derecho a la propiedad de la tierra que habitan y trabajan. Es prioritario apoyar la investigación y la inclusión científica y tecnológica de los diversos sectores en favor de las personas y de la sociedad.

39. Promover el federalismo, que supone la necesaria y justa autonomía de las Provincias y sus Municipios con relación al poder central, no sólo referida al gobierno de esas jurisdicciones sino también a la coparticipación de los recursos. Esta autonomía entraña la promoción de las economías regionales y la igualdad en las condiciones de vida, y  también el acceso a las libertades y derechos, especialmente en lo que respecta a la educación, a la salud, al trabajo y a la vivienda digna.

40. Profundizar la integración en la Región. En estos tiempos que vivimos es tarea prioritaria revalorizar la integración regional, por ejemplo en el MERCOSUR, y también global, en el contexto de la creciente interdependencia de las naciones, conscientes que «los retrasos en la integración tienden a profundizar la pobreza y las desigualdades» (39).

Quiero finalizar esta reflexión agradeciendo nuevamente la invitación a compartir con Ustedes este desafío que tenemos los cristianos en nuestro tiempo de ser discípulos y misioneros, cada uno desde nuestra vocación y misión. El gran desafío del laicado, de Ustedes, será el ser constructores de una sociedad en donde los cristianos entendamos que la santidad implica necesariamente el compromiso de ser “ciudadanos” en donde la inclusión como fruto de la justicia y el bien común, y sobre todo la vida en todas sus etapas, nos permitan tener un horizonte de esperanza.

 

Juan Rubén Martínez

Obispo de Posadas