Mensaje de Cuaresma 2009

«Vengan ustedes solos a un lugar desierto, para descansar un poco» (Mc 6,31).

Al comenzar la Cuaresma vuelve a nuestros oídos y a nuestros corazones la invitación de Jesús que dice: «Vengan ustedes solos a un lugar desierto, para descansar un poco». Porque – dice el evangelio – era tanta la gente que iba y venía que no tenían tiempo ni para comer. Entonces ellos se fueron, solos en la barca, a un lugar desierto” (Mc 6,31-32). Sea para la tarea de evangelización, como también en el afán cotidiano de nuestras responsabilidades y trabajos es bueno y necesario oír esta invitación del Maestro a los discípulos. Reservar un tiempo para ir a un lugar desierto, es darse la oportunidad de un encuentro consigo mismo, de recuperar el sentido de vivir y del quehacer cotidiano, de fortalecer el espíritu.

A veces tenemos la oportunidad de hacer un momento de desierto, con un rato de reflexión, con unos días de retiro, o a través de una oración más prolongada. Otras veces nos damos cuenta que el mismo Señor nos pone en una situación de desierto. Y sucede cuando experimentamos un fracaso, cuando nos agobia el dolor, cuando andamos a tientas con nuestra soledad o con nuestras dudas. También a veces experimentamos una situación de desierto cuando después de haber hecho todo lo que quisimos, o vivido según sólo nuestra propia voluntad, llegamos al final del día tristes y vacíos. Pero Dios, que conoce todas nuestras circunstancias, se sirve de cada una de ellas para hacer oír su voz y para hacer sentir su Presencia de alguna manera.

La imagen del desierto evoca la ausencia ilimitada en el horizonte de nuestra mirada, y por esa razón nos hace levantar los ojos hacia lo Alto. Nos enfrenta a Dios, y también con su silencio. Pero esta puede ser la ocasión para descubrir una voz que surge desde lo profundo de nuestro ser, que se abre al diálogo con Él y que acerca los corazones.

La invitación de Jesús a ir al desierto pide asumir una actitud de despojo interior porque así Él, que es la Palabra del Padre, puede hacernos sentir la cercanía de su amor, puede calmar la sed de nuestras búsquedas, y alegrarnos a compartir el pan de su amistad.

Cuaresma es un tiempo de gracia para llenarnos del Espíritu de Dios. De ese mismo Espíritu que ya reposa en nosotros desde el Bautismo, que nos sumerge en el amor misericordioso del Padre, pero que no nos deja inertes. Como Jesús, que fue llevado por el Espíritu al desierto para ser tentado, también el cristiano, y la Iglesia toda, es conducida por ese mismo Espíritu al desafío de la hora presente. Es el Espíritu del Señor quien nos fortalece para asumir nuestro destino pascual de discípulos y de servidores de los hombres. Para vivir de este modo, no se debería confiar en otra fuerza, ni en otra ciencia que la que viene de la Palabra de Dios. Una Palabra que necesita ser escuchada, obedecida y compartida para recrear desde nuestro interior una armonía de relaciones con Dios, con los hermanos, con nuestro ambiente.

Nosotros hoy, como los discípulos de evangelio vivimos tan tironeados por los sucesos del día, sobrecargados de preocupaciones, y a veces agobiados por los problemas. A la luz de la Palabra de Dios podemos aprovechar estos cuarenta días hacia la Pascua para que el Señor nos redima y su Espíritu nos haga recrear nuestra propia historia.      

Es parte de este camino cuaresmal la visita “Ad Limina Apostolorum” que como Pastor de esta Iglesia particular me toca hacer en nombre de la Diócesis. Esta visita al Papa tiene aquel sentido que vivió s. Pablo en sus empresas apostólicas, cuando repetidas veces fue a confrontar su tarea con el apóstol Pedro que presidía la Iglesia primada de Jerusalén (cf. Gal 2,6-10). Lo hacía, como luego escribió: “…Para asegurarme que no corría, o no había corrido en vano” (Gal 2,2). Quiera el Señor que esta vez, llevando la realidad de nuestra Iglesia local, con sus esperanzas, sus desafíos, y sus perspectivas hasta la sede de Pedro, seamos alentados y confirmados en el servicio al Pueblo de Dios. Este acontecimiento hace viva y verdadera la unidad católica de la Iglesia y fortalece desde ya el caminar hacia la Pascua de todas las comunidades que constituyen nuestra Diócesis.

Al comenzar la Cuaresma 2009, el Señor nos haga custodios de su Palabra y generosos en el servicio, en compañía de María, la Madre de Jesús y modelo de su Iglesia.

Al comenzar la Cuaresma vuelve a nuestros oídos y a nuestros corazones la invitación de Jesús que dice: «Vengan ustedes solos a un lugar desierto, para descansar un poco». Porque – dice el evangelio – era tanta la gente que iba y venía que no tenían tiempo ni para comer. Entonces ellos se fueron, solos en la barca, a un lugar desierto” (Mc 6,31-32). Sea para la tarea de evangelización, como también en el afán cotidiano de nuestras responsabilidades y trabajos es bueno y necesario oír esta invitación del Maestro a los discípulos. Reservar un tiempo para ir a un lugar desierto, es darse la oportunidad de un encuentro consigo mismo, de recuperar el sentido de vivir y del quehacer cotidiano, de fortalecer el espíritu.

A veces tenemos la oportunidad de hacer un momento de desierto, con un rato de reflexión, con unos días de retiro, o a través de una oración más prolongada. Otras veces nos damos cuenta que el mismo Señor nos pone en una situación de desierto. Y sucede cuando experimentamos un fracaso, cuando nos agobia el dolor, cuando andamos a tientas con nuestra soledad o con nuestras dudas. También a veces experimentamos una situación de desierto cuando después de haber hecho todo lo que quisimos, o vivido según sólo nuestra propia voluntad, llegamos al final del día tristes y vacíos. Pero Dios, que conoce todas nuestras circunstancias, se sirve de cada una de ellas para hacer oír su voz y para hacer sentir su Presencia de alguna manera.

La imagen del desierto evoca la ausencia ilimitada en el horizonte de nuestra mirada, y por esa razón nos hace levantar los ojos hacia lo Alto. Nos enfrenta a Dios, y también con su silencio. Pero esta puede ser la ocasión para descubrir una voz que surge desde lo profundo de nuestro ser, que se abre al diálogo con Él y que acerca los corazones.

La invitación de Jesús a ir al desierto pide asumir una actitud de despojo interior porque así Él, que es la Palabra del Padre, puede hacernos sentir la cercanía de su amor, puede calmar la sed de nuestras búsquedas, y alegrarnos a compartir el pan de su amistad.

Cuaresma es un tiempo de gracia para llenarnos del Espíritu de Dios. De ese mismo Espíritu que ya reposa en nosotros desde el Bautismo, que nos sumerge en el amor misericordioso del Padre, pero que no nos deja inertes. Como Jesús, que fue llevado por el Espíritu al desierto para ser tentado, también el cristiano, y la Iglesia toda, es conducida por ese mismo Espíritu al desafío de la hora presente. Es el Espíritu del Señor quien nos fortalece para asumir nuestro destino pascual de discípulos y de servidores de los hombres. Para vivir de este modo, no se debería confiar en otra fuerza, ni en otra ciencia que la que viene de la Palabra de Dios. Una Palabra que necesita ser escuchada, obedecida y compartida para recrear desde nuestro interior una armonía de relaciones con Dios, con los hermanos, con nuestro ambiente.

Nosotros hoy, como los discípulos de evangelio vivimos tan tironeados por los sucesos del día, sobrecargados de preocupaciones, y a veces agobiados por los problemas. A la luz de la Palabra de Dios podemos aprovechar estos cuarenta días hacia la Pascua para que el Señor nos redima y su Espíritu nos haga recrear nuestra propia historia.

Es parte de este camino cuaresmal la visita “Ad Limina Apostolorum” que como Pastor de esta Iglesia particular me toca hacer en nombre de la Diócesis. Esta visita al Papa tiene aquel sentido que vivió s. Pablo en sus empresas apostólicas, cuando repetidas veces fue a confrontar su tarea con el apóstol Pedro que presidía la Iglesia primada de Jerusalén (cf. Gal 2,6-10). Lo hacía, como luego escribió: “…Para asegurarme que no corría, o no había corrido en vano” (Gal 2,2). Quiera el Señor que esta vez, llevando la realidad de nuestra Iglesia local, con sus esperanzas, sus desafíos, y sus perspectivas hasta la sede de Pedro, seamos alentados y confirmados en el servicio al Pueblo de Dios. Este acontecimiento hace viva y verdadera la unidad católica de la Iglesia y fortalece desde ya el caminar hacia la Pascua de todas las comunidades que constituyen nuestra Diócesis.

Al comenzar la Cuaresma 2009, el Señor nos haga custodios de su Palabra y generosos en el servicio, en compañía de María, la Madre de Jesús y modelo de su Iglesia.

 

Mons. Ramón Alfredo Dus

Obispo de Reconquista (S.F.)