«La compasión del Buen Samaritano: amar soportando el dolor del otro»
En este momento, cuando en Chiclayo, Perú, sede solemne de esta jornada, la Iglesia universal posa la mirada, deseamos alzar nuestra voz y manifestar nuestra cercanía a tantos hermanos enfermos.
Estamos inmersos en una “cultura de la velocidad, de la inmediatez, y de la prisa”, pero también en la cultura del derroche y de la indiferencia. Como nos recuerda el mensaje del Papa León XIII para este año, esta aceleración nos impide pararnos en el camino y “ver” las necesidades y el dolor que hay a nuestro alrededor. Pero es justamente allí, en la fragilidad del cuerpo y del espíritu, donde la verdadera dignidad humana grite por ser aceptada, no por lo que “hacemos”, sino por lo que “somos”.
El Santo Padre nos recuerda que “No es el dolor de nuestro prójimo lo que nos conmueve, sino el sufrimiento de una parte de nuestro propio cuerpo. Ya que somos partes de un mismo organismo, cuando uno de nosotros sufre, todos sufrimos con él”.
Solo en este caso, de acuerdo con la primacía del amor de Dios, la acción humana no es realizada por algún premio, ganancia, sino como manifestación de amor “cuyo sacrificio rompe todos los procedimientos y se convierte en verdadera adoración”.
Por eso, hacemos un llamado especial a todas las regiones pastorales, a nuestros capellanes, médicos, enfermeros, ministros de la escucha y voluntarios, a «redescubrir la belleza del amor y la dimensión social de la compasión«. Invitamos a que nuestras parroquias y hospitales sean verdaderas «posadas» donde:
• Se valore la vida desde su concepción hasta su fin natural, rechazando la lógica utilitarista.
• El cuidado del enfermo se entienda como una extensión del amor de Cristo, Cabeza del cuerpo místico.
• Nadie tenga que enfrentar el dolor en soledad, sino sostenido por una comunidad que «ama soportando el dolor del otro».
Oremos en esta jornada, bajo el amparo de Nuestra Señora de Lourdes, elevemos juntos nuestra súplica:
Señor de la Vida, Buen Samaritano de nuestras almas:
Tú que te inclinaste sobre las heridas de la humanidad,
concédenos la gracia de detener nuestro paso apresurado.
Danos ojos para ver en el enfermo la carne de tu propio cuerpo,
manos que curen con la medicina de la cercanía
y un corazón capaz de «ser uno» con quien sufre.
Que nuestra compasión no busque recompensa,
sino que sea el reflejo puro de tu Amor que salva y redime. Amén.